El
carril rojo
Por
Eduardo Berazaluce Pintado
Córdoba 7 de diciembre de 2005
1er PREMIO en el Concurso de Microrrelatos - 2005
Bajo
la cálida luz de una cocina cualquiera. Una mujer ajetreada
prepara con cariño la cena de su hijo. Con una mano marca
un número de teléfono, con la otra remueve el guiso.
Si
observamos atentamente, percibimos cómo el aroma de esa cacerola
sobrevuela la estancia hasta escapar bajo la puerta del hogar. Ya
en la escalera desciende piso por piso y llega difuminado al portal.
Allí envuelve la expresión aterrada de una vecina
que se asoma al exterior, describe volutas en el aire y por fin
escapa a la calle.
Ahora
es difícil seguirlo, pero veremos que sigue su camino atravesando
un corro de personas asustadas. Se cuela entre sus piernas. Ha perdido
fuerza, pero continua avanzando sobre el frenazo dejado por un coche
hasta dar con las ruedas todavía calientes. Asciende con
dificultad por su carrocería dibujando su contorno. Baja
por el inútil parachoques hasta encontrarse con el giro irregular
de una rueda de bicicleta. Juega con sus pedales que yacen sobre
un carril estrecho y rojo que ocupa parte de ala acera.
Nuestro
aroma, roto ya en pequeños hilos, avanza zigzagueando por
la superficie de un charco, de un rojo más intenso que su
suelo. Se desliza acariciando una pequeña mano pálida
y yerta. Guarece entre sus dedos un teléfono móvil.
Suena débilmente. Nadie se atreve a contestar.
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