Un
vehículo prodigioso
Por Pedro
Domínguez Gento
Córdoba 7 de diciembre de 2005
2º ACCESIT en el Concurso de Relatos Cortos - 2005 (Adultos)
En la sede central de una de las mayores empresas fabricantes de
automóviles, los directivos se habían reunido para
analizar las perspectivas futuras de su negocio:
–Señores,
hemos llegado a una situación en la que prácticamente
todos los adultos tienen automóvil, algunos incluso varios
–expuso el vicepresidente–, de modo que el mercado se
aproxima a la saturación y nuestras ventas ya no crecen como
antes…
–Humm,
podemos rediseñar los coches para que duren menos, así
los compradores tendrán que cambiarlos antes y aumentarán
de nuevo las ventas –sugirió el ingeniero jefe.
–No,
la vida media de los vehículos la hemos reducido ya bastante
y no conviene reducirla más porque las asociaciones de consumidores
podrían echársenos encima –objetó el
jefe de relaciones públicas.
–¡Pues
hagamos más publicidad! La gente compra inducida por nuestra
publicidad y por lo tanto si hacemos más campañas
conseguiremos nuevos compradores –propuso el jefe de publicidad,
arrimando, como siempre, el ascua a su sardina.
–El
problema es que ya casi no quedan nuevos compradores –respondió,
afligido, el vicepresidente–. A partir de ahora no va a ser
suficiente con cambiar el nombre del modelo y anunciarlo a bombo
y platillo.
–Señores,
llevo días dándole vueltas a este desagradable asunto
–dijo el presidente– y creo que tengo la solución:
¡hemos de fabricar un vehículo absolutamente nuevo,
uno que nadie haya diseñado todavía, el mejor de todos,
el vehículo ideal! Y con tan gran novedad, sin duda volverán
a aumentar nuestras ventas.
–¡Bien
pensado, señor presidente! –lo felicitaron los demás.
–Gracias,
pero me temo que no va a resultar fácil porque todos nosotros
estamos condicionados por los modelos tradicionales –comentó
pensativo–. Debemos partir de cero y buscar al diseñador
fuera de la compañía, incluso fuera de la propia industria…
Así
lo hicieron y en pocos días, gracias a las excelentes relaciones
que mantenían con las universidades politécnicas,
pudieron localizar a una docena de ingenieros recién titulados
con expedientes magníficos. Y asesorado por tres directivos
el presidente eligió al más sobresaliente de todos
ellos, un joven llamado Otto Freeman. Inmediatamente concertaron
una entrevista con él.
El
sorprendido ingeniero acudió a la sede de la compañía
y, tras las presentaciones protocolarias, el jefe de recursos humanos
le hizo una entrevista rápida, que Otto respondió
hábilmente y a gusto de todos. A continuación el vicepresidente
le explicó:
–Queremos
producir un modelo completamente nuevo, el vehículo ideal,
el mejor adaptado a las necesidades de nuestros clientes. Y queremos
que lo diseñe usted.
–¡Oh,
vaya! Les agradezco la confianza, pero no sé si seré
capaz...
–Nosotros
creemos que puede hacerlo y queremos que se dedique exclusivamente
a este proyecto. Aquí está el contrato y el cheque
que le ofrecemos ahora, cuando termine el trabajo recibirá
otro igual y podrá ingresar en la compañía
con un buen sueldo.
Otto
miró el cheque y abrió los ojos al ver tantos ceros
juntos.
–Sabemos
que lo logrará –dijo el ingeniero jefe–, y ya
le hemos preparado un despacho en nuestro departamento, donde podrá
utilizar la base de datos, los programas informáticos, el
laboratorio virtual y cualquier cosa que necesite.
–Ah,
pues gracias otra vez… Pero si lo que ustedes quieren es un
modelo original debería trabajar en mi propio estudio, donde
nadie puede influirme. Lo que sí necesitaría es tener
acceso libre a su base de datos y al laboratorio virtual.
–¡De
acuerdo! –dijo el presidente antes de que el ingeniero jefe
protestara–. Entendiendo, claro está, que usted guardará
el secreto profesional y que al acabar nos entregará, junto
con el diseño, toda la información que haya obtenido
de la compañía.
–¡Por
supuesto! –exclamó el joven y, sin más dilación,
firmó el contrato.
Aquella
misma tarde, al acabar de comer, Otto cogió su carpeta y
se fue al parque cercano, que era como su segundo estudio. Allí,
paseando entre los robles, empezó a cavilar sobre el proyecto
y cuando se cansó de imaginar vehículos fantásticos
se planteó cómo abordar el trabajo. Tras descartar
varias posibilidades, decidió hacerlo como si tuviera que
estudiar una nuez, de fuera hacia dentro.
Comenzó
pues por la carrocería, que debía ser aerodinámica
para reducir la fricción con el aire. Investigó los
perfiles de los aviones y a partir de ellos diseñó
hasta el último detalle. Al concluir, con el programa de
simulación de la compañía calculó el
coeficiente de rozamiento y vio que resultaba un poco mejor que
el de los modelos reales.
Luego
pasó al chasis y después de pensarlo detenidamente
optó por utilizar materiales ligeros y fáciles de
reciclar. Elegidos éstos, se puso a dibujar y durante varios
días estuvo probando en el laboratorio virtual, hasta que
obtuvo un diseño de máxima fuerza y mínimo
peso, parecido a los convencionales.
Sin
desanimarse, abordó el capítulo del motor, recordando
lo que había aprendido en el instituto: los motores de explosión
tienen un rendimiento pobre, del 20%, lo cual implica que el 80%
de la energía del combustible se pierde en forma de calor…
–Mmmm,
he aquí un apartado muy mejorable –susurró él.
Recordó
también y actualizó sus conocimientos sobre las células
electroquímicas, que son capaces de transformar la energía
del combustible en electricidad con un rendimiento del 40%. Infatigable,
recopiló gigas de información y finalmente combinó
una célula potente, ligera y barata con un motor eléctrico
variable, superando así a los prototipos existentes.
Como el peso del vehículo se había reducido bastante,
Otto pudo estrechar las ruedas para disminuir su resistencia al
movimiento. Con el ordenador dibujó los perfiles y conforme
los probaba en el banco de pruebas virtual fue corrigiéndolos
hasta conseguir unas ruedas fuertes y eficaces.
En
las semanas siguientes ideó unos frenos eléctricos
que almacenaban la energía del frenado, simplificó
la transmisión y las marchas, articuló los asientos
para que pudieran extenderse formando una especie de litera…
Cuando
completó el diseño, el joven ingeniero estaba agotado
pero contento porque su vehículo tenía una estética
digna de la era espacial y un consumo de 2’4 litros de combustible
por cada 100 Km recorridos, algo realmente adecuado para la época
sin petróleo que se avecinaba.
Antes
de entregar el proyecto, Otto decidió revisarlo y se fue
al parque con su inseparable carpeta. Sentado bajo un haya centenaria
se puso a repasar los datos que había ido reuniendo.
Y
entonces descubrió uno que se le había pasado por
alto: el número medio de ocupantes por vehículo es
1’3, leyó y releyó varias veces. Alarmado, revisó
minuciosa-mente los demás datos y halló otros dos
en los cuales tampoco había reparado: la mayoría de
los desplazamientos son cortos, se realizan dentro de la propia
ciudad o entre ciudades vecinas, y en ellos las velocidades medias
no superan los 25 Km/h…
–¡Ay,
esto lo cambia todo, y precisamente ahora que ya había terminado!
Con la nueva información, Otto se propuso corregir, uno por
uno, todos los apartados del proyecto. Y se enfrascó de nuevo
en el proyecto.
Primero
minimizó el chasis, luego ajustó bien la esbelta carrocería
y como el conjunto pesaba menos que antes se le ocurrió que
podía eliminar una de las ruedas delanteras. Las pruebas
virtuales confirmaron la validez del cambio y evaluaron el consumo
medio en 1’5 litros por cada 100 Km.
Otto
quedó encantado y ya iba a dejar este capítulo cuando
se le ocurrió otra innovación, aún más
audaz, que también se demostró acertada. Y volvió
a optimizarlo todo: chasis, transmisión, marchas, dirección,
frenos, asiento, ..., de manera que su diseño era cada vez
mejor y se parecía menos a los modelos convencionales.
Al
completar la revisión, el resultado conjunto fue extraordinario
y el banco de pruebas calculó que su prodigioso vehículo
consumía menos de la décima parte de la energía
que consumen los vehículos actuales, y de un combustible
fácil de obtener. Además resolvía casi todos
los problemas de contaminación, aparcamiento, atascos, accidentes,
y resultaba mucho más económico de fabricar y mantener.
Ahora
sí que estaba satisfecho Otto Freeman, pesaba algún
kilo menos que al aceptar el trabajo pero definitivamente había
conseguido diseñar el vehículo ideal. Y ya se imaginaba,
con orgullo de inventor, que su vehículo iba a cambiar radicalmente
el transporte en las ciudades.
El
día acordado acudió puntual a la cita en la sede,
iba cargado de papeles y discos. Los directivos de la compañía
lo recibieron expectantes y él pasó directamente a
enseñarles los cálculos sobre el rendimiento de su
vehículo. Los directivos se quedaron mudos de asombro porque
era mejor de lo que esperaban, superaba incluso a los prototipos
experimentales, ningún modelo podría competir con
aquel...
Los
directivos felicitaron efusivamente al presidente por haber tenido
la feliz idea y ya se frotaban las manos, pensando en los pingües
beneficios que iban a obtener, cuando Otto les mostró los
planos. Al verlos, la sonrisa se les heló en los labios.
–Pe...
pero... eso es… –balbuceó el vicepresidente.
–¡Es
una especie de bicicleta! –exclamó, indignado, el presidente.
Otto
la reconoció en ese instante, tan concentrado había
estado en el proyecto que no se había dado cuenta de que
el vehículo óptimo era una bicicleta, moderna y de
diseño pero una bicicleta al fin. Los directivos se sintieron
decepcionados, frustrados, porque ése no podía ser
su vehículo ideal, no iban a ponerse ahora a fabricar bicicletas…
Así que decidieron zanjar rápidamente el asunto y
le entregaron a Otto el cheque prometido a cambio de todos los derechos
sobre el diseño y de que no contara a nadie lo ocurrido.
Un año después la compañía presentó
su nuevo modelo de automóvil. La gran campaña publicitaria,
dirigida a los jóvenes, hacía especial hincapié
en la sugestiva novedad que aportaba el vehículo: unos asientos
articulados, fácilmente convertibles en literas... Y las
ventas volvieron a crecer como antes, durante otra temporada.
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