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PLATAFORMA CARRIL BICI DE CÓRDOBA

L I T E R A L I A

 

Encuentros
Por Mª Castillo Cuberos
Córdoba 7 de diciembre de 2005
1er PREMIO en el Concurso de Relatos Cortos - 2005

En la plaza

Era una noche de esas que se esfuman sin avisar entre copas y charla. El alcohol y la conversación anulaban mi escasa voluntad. Perdido ya el interés por la hora, comprobé que empezaba a clarear.

Llegábamos a aquella plaza en busca de un café reconfortante y a la vez lo hacían algunos vendedores “de viejo” cargados de libros, lámparas, cajas y mil artilugios de los que no se sabe su función pero que tenazmente siguen esperando interesar a alguien. Los primeros en llegar comenzaron a encender una hoguera en un latón oxidado, para entrar en calor, mientras bebían un aguardiente que ayudaba a hipnotizar la rutina.

Por una de las calles que daban a la plaza apareció alguien en bici. Era una bici negra, antigua, grande, silenciosa, extremadamente cuidada, con un fular a rayas rosas, naranjas, violetas, rojas, anudado en el manillar. Se fue acercando cada vez más al lugar de la plaza donde el grupo de hombres se concentraba; lentamente, merodeando, olfateando, comprobando. Vio, sin mirar, a todos y a cada uno de ellos.

Bajó de la bici y la apoyó casi acariciándola en un árbol cercano. Nadie pareció notar su presencia… o sí, pero ésta nada les importaba. Se alejó unos metros, miró la composición. No quedó convencido. Comprobó la luz. Se movió hacia la izquierda. Un poco más atrás para agrandar el campo. Quizás ahora. FLASH.

Una mirada atónita, una duda en la atmósfera. Por qué, quién, para qué, a qué o a quién…no merece la pena. A estas horas siempre algún estrafalario… Me olvidé de él o mejor lo archivé en la parte de la memoria que no trasteo a menudo y allí quedó el recuerdo, junto a otros recuerdos desordenados.

En la calle

Paseaba sin prisa porque la tranquilidad de aquellas calles en silencio me hacía sentir bien. Raramente algún vecino se dejaba ver. Numerosos patios interiores en la mayoría de las viviendas. Corazón de la casa, ventanas al cielo, limpio pulmón. Lugar de relaciones, lugar de encuentros.

En alguno de ellos me paraba... y siempre me sorprendía aquella labor minuciosa con las plantas, aquella paciencia infinita puesta a prueba en cada tiesto, a veces simples latas maquilladas.

Recién mojadas, las flores titilaban jugando con un sol en despedida. El olor de la tierra mojada, el frescor del ladrillo regado a baldeo, las flores que se erguían orgullosas mostrando su limpia presencia. Blanco frescor.

Así continué parte de la tarde, la luz disminuía. Casi se acababa el barrio cuando un largo pasillo de suelo irregular, dejaba ver, allá, al fondo, un sugestivo patio. Un largo zaguán me intimidaba y a la vez me atraía poderosamente.

Un macetero improvisado albergaba una joven palmerita, tierna aún, y sobre él, la bicicleta. Aquella bici limpia y refulgente con su bello fular anudado en el manillar. Miré hacia todos lados buscándolo. Me topé con unos ojos que me observaban desde detrás de una cortina. Hice intenciones de disculparme, de dar las buenas tardes y explicar… pero no hizo falta. Desapareció en el interior de la vivienda. Corrieron mis ojos por el patio y allí en el descansillo de la escalera, estaba él. Tras su cámara encuadraba la imagen.
Y no supe reaccionar más que saliendo a toda velocidad como si de una huída se tratara. Quién sería aquel solitario personaje que pasaba su tiempo con tan extraño propósito… La curiosidad martilleaba mi mente. Me inventaba mil historias posibles. Pero, ¿estaría la suya entre ellas?

Ahora sí, ya no dejaba de pensar en el encuentro. Por qué elegiría aquel patio, por qué aquella calle, por qué aquella tarde… No podía recordar con fidelidad si había sonreído, si levantó una mano ni con qué intención lo hizo, si no sería todo fruto de mi imaginación… Apareció varias veces en mis sueños y siempre resultaba enigmático pero atractivo, con una extrañeza que me era familiar…

Los primeros días después de este segundo encuentro, complicaba mis rutas para hacerlas más largas... y dar así margen al azar. Siempre me justificaba, no quería reconocer que en realidad le buscaba en cada rincón solitario.

Me fui olvidando. No del todo, pero se apagaba el recuerdo… La memoria lo codificó en algún lugar accesible, pero no en primera fila.

Me dediqué de lleno a terminar mis estudios que ya se prolongaban demasiado y lo logré. Necesité una buena dosis de voluntad porque había perdido todo interés en ellos, pero al fin los había concluido.

Creí que viviría este momento con total intensidad precedida de una gran relajación y sin embargo sentía más bien un vacío, una punto vago en el camino. Quise compartirlo, pero ya no había nadie.

Pensé en mi padre, e imaginé su cara de orgullo. Recordé con serenidad el día de su muerte.

En el cementerio

Sin mucho pensarlo, sin entender la fuerte resolución que me llevó a decidir aquello, me encontré delante de su lápida. Llevé unas margaritas amarillas. Guardé silencio. Nada especial pasó por mi cabeza pero sentí paz. Me pareció que el rito cumplía una función estética inexplicablemente agradable.

Despacio me dirigí a la salida. Traspasé la primera cancela, y entre ésta y la siguiente, en esa especie de porche abovedado que sirve de refugio de la lluvia o del intenso calor, allí apoyada sobre la pared, de nuevo estaba la bicicleta. No estaba el fular como las otras veces anudado al manillar. Miré hacia atrás rápidamente buscando entre las distintas calles algún indicio, pero nada.

Atravesé la segunda cancela y ya fuera, desde la calle, volví a mirar la bici. Quería comprobar que era ella. Tuve la sensación de estar a la entrada de un alegre jardín, lleno de luz y color, lleno de vida. Flores, árboles, plantas aromáticas… producían una mezcla de olores del que resultaba un único olor denso. Me sentí mareada, con el estómago algo revuelto me decidí a abandonar el lugar.

Ya en el coche, pasé de nuevo por la puerta y miré instintivamente al interior. Del fondo de una de las calles que daban al amplío jardín central, salía él, cámara en mano y fular al cuello. Como siempre, se movía lentamente. Nada parecía hacerle cambiar su ritmo. Creo que me vio. Lo miré unos segundos suavizando la velocidad del coche. Me costó creer lo que veía. Levantó la mano y a mí me faltó valor.

Salí sin conciencia de lo que hacía, sin pensar en qué marcha era la adecuada, ni a dónde iba, ni qué tenía que hacer… El corazón me ahogaba en la garganta, latiendo tan fuerte que parecía querer salirse. La sequedad en la boca acrecentaba mi angustia.

Mi cabeza era un mar de sensaciones en el que cada una de ellas luchaba por prevalecer, pero siempre una rival, en el último momento, le disputa el protagonismo. Creí volverme loca. No podía dejar de mirar por el espejo retrovisor. Un violento pitido de última hora, me sacó del ensimismamiento en el que me encontraba.

Pensé inmediatamente en el próximo encuentro, sinceramente dudaba que estuviera dentro de alguna probabilidad. Dudaba también de que pudiera asociar mi persona en los diversos casos. Me inclinaba a pensar, dada mi trayectoria vital, que más bien su saludo era el fruto mecánico de la “buena educación” o de la buena disposición cívica.

Se acercaba el otoño, mi primer otoño sin clases, sin remordimiento de tiempo perdido, sin la prisa de lanzarme a la búsqueda del primer empleo. Contaba con algunos ahorrillos familiares que me venían bien para darme una tregua. Siempre había soñado con viajar en estas fechas cuando todos estuvieran en sus quehaceres cotidianos. Si la primavera es grito que llama a la vida en desenfreno, el otoño es recogimiento, vago silencio, armonía de colores, viaje interior…

Llegué a una transitada calle sumergida en mi pensamiento. En el suelo numerosas tiendas-mantas con ordenados objetos a la venta. En una, a rebosar de bufandas y pañuelos, me paré e inmediatamente reclamó mi atención uno de ellos. Evidentemente me resultaba conocido. Era exactamente como el de él. Otra vez las coincidencias, otra vez los recuerdos peleando por salir. Dudé si comprarlo y una vez más, no sé si llevada por lo atractivo de la magia, del rito, de lo simbólico, de lo desconocido, abrí las puertas a lo posible. Así, calentando motores llegué al portal de mi casa.

Sentada en el sofá con la bolsa sin abrir, sobre el regazo, seguía dando vueltas a lo mismo.

La imagen de una bicicleta. Una imagen que siempre me ha parecido hermosa. Significa para mí toda una concepción de la vida, una filosofía que conlleva deseos de paz, respeto por el medio, sencillez, tranquilidad, mimetismo con el paisaje por el que se circula suavemente, libremente… La imagen de una bicicleta ha tenido en mí un poder especial. Me ha llevado siempre a un guiño cómplice, a una sonrisa interior.

La imagen de una bicicleta en un marco familiar. Una ciudad, un río junto al que pedalear, zonas donde montar sin riesgos. Una soleada mañana de invierno, una fresca noche veraniega... y la imagen de una bicicleta.

La imagen de una bicicleta, mi vieja bicicleta. Me entusiasmaba por momento la idea de volverla a la vida activa y por vieja que estuviera no quería otra. Me informé de un buen taller. Me miraron como extrañados de que me planteara arreglar “aquello” cuya presencia inclinaba más a una jubilación que a una puesta en funcionamiento.

Rechacé la idea del viaje en bici pero me envalentoné con una idea que me rondaba la cabeza hacía algún tiempo. Alquilar una autocaravana y llevarme la bici. Hice unas llamadas, pude alquilarla y a los pocos días estaba lista para salir con todo lo que necesitaba para mi plena autonomía.

El viaje

En el momento de la salida de mi casa colgado en el perchero de la entrada estaba el fular. Me lo coloqué en el cuello. E inicié mi viaje. Llevaba en la parte trasera la bici. La miré, disfrutando de su imagen allí colocada y me miré el fular. Lo anudé al manillar.
Llegué al mar, no a cualquiera, sino al de mis recuerdos infantiles. Coloqué la autocaravana de tal forma que desde las ventanas sólo veía olas. Cerca del acantilado oía el intenso y constante choque de las olas al romper. La retirada de éstas y la llegada de las siguientes. Monotonía relajante que adormece y acuna. Algunas gaviotas con sus graznidos parecían disputarse el infeliz pececillo que debió quedar confundido en aquel revuelto lugar.

Soñé con el mar... Una playa oscura. Una procesión de gente, silenciosa, con farolitos de papel iban depositándolos sobre el agua... Se mantenían encendidos alejándose hasta llegar al horizonte, formando allí una línea parpadeante de luz. Me acercaba al agua. Tomaba entre mis manos uno de ellos y comprobaba que llevaban escrito un nombre. Me desperté muy descansada y reconfortada como si unos cálidos brazos me hubieran mecido mientras dormía.

Tomé conciencia de que el tiempo era sólo mío. Que no tenía que hacer nada impuesto y que podía inventar mi vida. Lo primero, un buen desayuno. Después bajé la bici y la apoyé en una enorme roca que a modo de mascarón de proa sobresalía del acantilado. Allí la coloqué, con el fular anudado y el mar de fondo. Me senté en el escalón de entrada a la autocaravana y me serví lo que quedaba de café. Embebida por tan bello momento, relajada por el movimiento, envuelta en tan apasionada música, me parecía estar soñando.

No sé qué tiempo pasó. Sólo sé que me sacó de mi ensimismamiento un sonido.
Era el flash de una máquina de fotos.

 

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