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La
vida en bici
por
Pedro González López
Los
paseos no habían sido nunca su fuerte. Prefería tener
un destino preconfigurado que le permitiera elegir un itinerario
definido, que le impusiera hasta el mínimo detalle de cada
giro, de cada cruce, de cada posibilidad de acelerar y frenar. Así
podía abstraerse de la conducción y dejar que su imaginación
se dedicara a lo que ella quisiera, que se vaciara, como justo antes
de dormirse cada noche. Esto, además, le permitía
competir consigo mismo, y era agradable la sensación de anticiparse,
por conocidas, a la mayoría de las incidencias del camino,
que él prefería imaginar como azarosas: otras muchas
eran definitivamente previsibles, y le hacían sentirse cómodo
entre seres que repetían, como él, un camino preciso
a una hora precisa. Ya conocía cómo fluctuaba el volumen
de tráfico en función de la hora del día, o
del día de la semana, o del mes del año. Cuando algún
acontecimiento (no atmosférico, a lo que ya se había
acostumbrado) perturbaba esos ciclos de monotonía se sentía
disgustado durante horas: obras en el pavimento, calles cortadas...
Para los imprevistos mecánicos llevaba bien servida una pequeña
caja de aluminio, soldada al cuadro, tras el asiento, donde se acomodaban,
perfectamente colocadas, todas las soluciones a los problemas que,
en sus muchos años de ir en bici, se habían repetido
con cierta frecuencia. A veces pensaba que si en realidad su "burra",
como llamaba en otros tiempos a su bicicleta, hubiera sido tal tendría
que haberle trasplantado el lomo, las orejas, las patas de delante
y las de atrás, el corazón... Porque para él
la bicicleta era un todo, no estaba hecha de partes independientes.
La
relación entre Salvador y la bicicleta comenzó hace
muchos años, cuando su padre lo traía desde Fátima
a "Córdoba" sentado sobre la barra, por los caminos
que atravesaban las huertas hasta la avenida Obispo Pérez
Muñoz. Y le agradaba el viento en la cara y sentir la respiración
esforzada del padre sobre su cabeza, oliendo a tabaco y aguardiente.
Se sentía seguro así.
Cuando
tenía cuatro años, más o menos, aprendió
a conducir la bicicleta metiendo medio cuerpo por el cuadro. Tenía
que aprovechar la hora de la siesta porque estaba terminantemente
prohibido coger la bicicleta de su padre. Entraba silenciosamente
al patio, la agarraba de la rueda de atrás y la conducía
girando el manillar y esquivando las macetas del pasillo y la salita.
La apoyaba sobre el mueble de cajones de la entrada, abría
la puerta levantándola un poco para que no chirriara, la
sacaba a la calle y volvía a cerrar. A partir de ahí
todo cambiaba. El viento en la cara, la destreza para esquivar los
charcos y arriates de su calle de tierra, le provocaban una sensación
de libertad incomparable. Enseguida había un grupo de niños
a su alrededor que incansablemente repetían: "Déame
una vuerta, Sarva, anda", con tono lastimero, recordándole
las muchas veces en que cada uno le había prestado cualquier
cosa o le habían dado un bocado de su merienda. Él
se negaba al principio: "No, que mi padre no quiere que se
la dehe a nadie". Pero al poco rato ya se habían establecido
los turnos correspondientes para ir de uno en uno hasta el final
de la calle y volver. La fiesta se acababa en cuanto alguno se caía:
Salvador recogía entre sollozos la bicicleta y camino de
su casa iba limpiando los restos de tierra que se le hubieran quedado
pegados: "Ahora verah la que me va dah mi padre".
Cuando
cementaron su calle Salvador ya trabajaba en la "Letro",
y le encantaban las mañanas frescas de primavera, cuando
cruzaba en su bicicleta toda la ciudad, con la fiambrera atada al
porta canastos, al lado de su padre y de su tío Salvador.
Se encontraban en cada esquina con algún compañero
que se iba uniendo al grupo, y alcanzando a otros hasta que formaban
pelotón en la avenida de la Victoria y así llegaban
hasta la fábrica. Esa era la época de su vida que
más le gustaba recordar.
Le
daba la sensación de que después las cosas habían
pasado muy de prisa: se casó, tuvo tres hijos, murieron sus
padres...
A continuación
hubo un parón en aquel vértigo del tiempo: el día
en que su tío fue a buscarlo a la fábrica para decirle
que su hijo mayor había muerto. Estaban bañándose
en un canal cuando, en un descuido, el agua lo arrastró.
Tenía 6 años.
Ese
día vio la ciudad con otros ojos, como si los últimos
veinte años le cayeran encima a plomo: aquélla Córdoba
se volvió hostil, de asfalto y coches, y, por, primera vez,
sintió miedo de su debilidad de ciclista. Y la perspectiva
desde la que miraba su bicicleta cambió. Nunca se había
fijado en su tamaño. Se podría decir que en toda su
vida no había pasado una sola semana lejos de la bicicleta.
Eso le hacía verla como algo que se había ido adaptando
a su crecimiento, a su cuerpo, a su vida, a la forma de vida en
la que él sabía manejarse.
Ahora
era otra la forma de medir el tiempo. Ya no era más el tiempo
que él recordaba, el tiempo de la bicicleta, de las bicicletas.
En aquél no había ni prisas ni carreras más
allá de los catorce años.
Recordó
que en dos ocasiones estuvo a punto de dejar su bicicleta: cuando
era el único trabajador de la "Letro" de su barrio
que no tenía coche, y cuando una moto se saltó un
semáforo justo cuando él llegaba al cruce, y lo siguiente
que sintió fue su cara contra el suelo.
Luego
hubo otra época de carril bici, de aparcamientos de bicicletas
(que le parecía que estaban donde él nunca iba), de
que le robaran el sillín, o el faro, o una rueda. De gente
que paseaba en bicicleta por circuitos preestablecidos, pintados
de rojo, por los que les encantaba ir a los peatones y aparcar a
los automovilistas. Salvador no dejó de ver nunca su bicicleta
como su medio de transporte, como algo que, en realidad, hacía
que andar fuera más fácil.
Nunca
aceptó que los coches, autobuses y motos se hubieran ido
adueñando cada día más de las calles. Había
visto crecer su número con la misma cotidianeidad con que
habían crecido sus hijos, o se habían construido edificios
nuevos o él y sus vecinos habían envejecido. Y quizás
por eso nunca sintió esa cercanía de peligro que tiene
quien coge una bicicleta por primera vez, e incluso quien sólo
imagina que la coge para desplazarse por la ciudad.
Nunca
pensó en comprar una bicicleta de carreras, ni una bici de
montaña, y sintió vergüenza ajena cuando su cuñada
le enseñó la "ciclostátic" (con la
que se podía remar incluso) que se había comprado
su hermano para perder la barriga. ¡Como si la barriga le
hubiese salido de no pedalear! Le dio un escalofrío pensar
en la sensación de montar en bici en un espacio cerrado,
de sudar sin el viento en la cara. Imaginó la escena con
su hermano, calvo, pedaleando con aquella barriga, sudando, con
una cerveza en la mano y con un ventilador delante, y no pudo evitar
soltar una carcajada.
Tampoco
le hacía ninguna gracia la epidemia que se producía
cada vez que había ciclismo en la tele. Durante un par de
semanas se le despertaba a la gente el espíritu Induráin
y las calles se llenaban de "gilipollas vestidos de colorines'',
con gafas de espejo tornasoladas, casco y botes de agua o de bebidas
isotónicas: ¡como si no hubiera fuentes en Córdoba!
Algo
parecido sucedía con la Navidad, o mejor dicho, con "el
Papá Noel de los cojones" y los Reyes: durante dos o
tres días estaban los parques llenos de niños y mayores
con sus "montanbais" como una plaga. Pero luego, ¿qué
harían con las bicicletas, que no se las volvía a
ver? Seguramente se las llevarían a la parcela (Salvador
pensaba que debía ser el único cordobés que
todavía no tenía parcela). Esa era otra: con la historia
de las parcelas se habían hinchado de ponerle puertas al
campo en los últimos treinta años.
Desde
que se había jubilado le encantaba ir con su bicicleta a
la "avenida del Colecor'', sentarse en un banco a la puesta
del sol y observar las bandadas de pájaros que llegaban a
los sotos a pasar la noche. Aquélla vista de Córdoba
desde la margen sur del río le parecía que debía
ser una de las cosas más hermosas que se pudieran ver en
el mundo, aunque él no había viajado mucho. Y lo mismo
pensaba de los atardeceres de otoño que se veían en
el nuevo "paseo del colesterol".
Ahora:
para tranquilidad con la bici por las calles, Agosto. Eso de que
la gente se fuera a Fuengirola en Agosto al apartamento (Salvador
pensaba también que debía ser el único cordobés
que no tenía apartamento en Fuengirola) sí que permitía
disfrutar de la ciudad. Aun cuando hacía calor de verdad,
en la bici se sentía menos, y las noches de cine en el Fuenseca,
con el bocadillo y las pipas, eso no tenía precio.
Cuando
enviudó sintió un gran vacío y un gran alivio
al mismo tiempo. Su mujer había pasado sus dos últimos
años postrada en la cama y apenas soportando el dolor con
inyecciones de morfina. Fue durante esos años cuando menos
salió con la bicicleta. Salvador pudo comprobar que no cabía
esperar nada de sus hijos, y se resignó a ayudar y acompañar
a su mujer hasta el final, solo. Tras el fallecimiento comprobó
que sus fuerzas no habían mermado en exceso, aunque cuando
volvió a coger la bici noto que las piernas estaban un poco
desentrenadas. En pocas semanas volvió a recorrer la ciudad
de cabo a rabo. Había adquirido la costumbre de ir a comprar,
a primera hora, a los mercados de la ciudad, y aunque el de la plaza
de la Mosca era el más cercano prefería ir algunos
días a la Corredera, y así, de paso, se volvía
a familiarizar con los cambios que se estaban produciendo en aquellas
calles por las que tantas veces había pasado con su bicicleta.
Cargaba la compra en el porta canastos y volvía a casa a
hacer la comida. Había aprendido a guisar siguiendo las instrucciones
que ella le iba dando desde el dormitorio. Ahora ya compraba y cocinaba
prácticamente por inercia.
No
había pedido ayuda a sus hijos porque creía que eso
era algo que debía salir de ellos, no por orgullo, ni mucho
menos. Y en el fondo quería creer que si ellos no habían
estado allí para compartir su carga era porque las nueras
los tenían "aliñaos". De cualquier forma
ya hacía mucho tiempo que no esperaba nada de nadie. Nunca
había tenido una vida social muy activa, pero sí había
tenido amigos de verdad y su relación con sus hermanos siempre
fue cordial. Ahora ya no quedaba ninguno de ellos.
La
horas en la casa vacía eran eternas. La vida se hacía
mucho más llevadera sobre la bicicleta. En los dos años
anteriores se habían producido muchos cambios en la ciudad
y Salvador los saboreaba hasta en sus mínimos detalles y
disfrutaba recorriendo las calles de las zonas urbanizadas que aún
no habían abierto al tráfico, y evocaba los días
en que acompañó a sus hijos a los cursos de seguridad
vial que se celebraban los sábados en las instalaciones de
los jardines de la Victoria. A pesar de su insistencia no consiguió
meter en sus ellos el gusanillo de la bicicleta, no. Fueron de la
generación del Vespino a los dieciséis y del coche
a los dieciocho. Era una lástima que ese tipo de cosas no
se heredaran y sí las enfermedades y los defectos. Después
de todo, cada uno debía vivir su vida como mejor le conviniera.
El
peor disgusto de su vida de jubilado se lo dio su nuera cuando le
anunció que en la residencia de ancianos adonde le llevaban
no se permitía tener bici. Sólo pudo balbucear que
cómo iría a los sitios si no le dejaban tener su bicicleta.
Su hijo le contestó que no se preocupara, que cuando tuviera
que ir a algún sitio lo llamara por teléfono y él
lo llevaría en el coche.
-Me
cago en los muertos del que inventó los coches - pensó,
con impotencia, Salvador.
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