Relato
encadenado desencadenando una pena.
Porque eran dos las ruedas de la fortuna
por
Antonio Serrano García
Los días de niebla, mi bicicleta y yo somos como un puñal
atravesando el enorme pañuelo de seda y asfalto que envuelve
la ciudad.
Y quizás porque la niebla es el aliento de
la duda he despertado hoy con la plácida sensación
de que algo ocurrirá capaz de cambiar mi vida. Está
bien levantarse pensando que el bastardo pájaro del destino
dejará por un día de mancharte la camisa. Hoy he despertado
así, y prometo que trataré que el cuervo futuro se
pose en mi hombro lo más tarde posible.
Son las siete y algo y ya voy tarde hasta para llegar
tarde. Empieza a bombear el estrés.
Al amanecer, en mi calle, una explosión húmeda
y silenciosa roció de neblina encarnada todos los rincones
hasta cubrir completamente el poco cielo que aún le queda
a mi pobre barrio, calvo de estrellas ya desde hace muchos años.
Vean como si alguien hubiese dinamitado un algodón gigante
de feria, llenándolo todo de humo rosa y noche azul.
Atravesar la ciudad por entre los pedazos de noche
rota es un auténtico placer en días así. Aferrar
la goma contra el suelo, para que no me resbale la suerte, y rodar
calle abajo con la bonita incertidumbre de estar aún dormido
o aún despierto, soñado, soñando o conducido.
Con pequeñas legañas en el alma, como el incumplimiento
diario del trozo de sueño de ayer, un yo qué sé
cotidiano. Y el rigor, el maldito rigor mortis de la costumbre.
El caso es que ya estoy tieso sobre la bicicleta,
apenas si abro los ojos y estoy pedaleando. A menudo me pregunto
si es que en verdad no duermo con ella, si no la tapo y la abrazo
cada noche, le acaricio los radios y le doblo el manillar junto
a mi almohada.
¡Ay, mi vieja bicicleta de carreras años
80! Ligera y plateada, con el cuerpo de aluminio, como un platerillo
de dos ruedas, un rocinante del pedal. La vieja amiga, la cabra
canija de metal que hace rodar mis huesos... M medio de locomoción,
dime, ¿qué veredas nos quedan todavía, a ti
y a mí, por enfilar?
Justo al torcer la esquina, me desayuno felizmente
con el olor a pan de la confitería y el sabor a tintas careadas
del kiosco. Voy a la par robándole el aroma al café
en la taza a la señorita de la tienda de ropa que conversa
bella y sola, en el velador del bar, con su novio y un paquete de
tabaco rubio, nada más un móvil de última generación
y fumar. ¡Y no es poesía que es prisa!, el andar quitándole
la sustancia a la vida por el camino a golpe de pedal. Aprovechando,
si es que no hay destino, al menos la senda recorrida. Mirándole
la ropa interior a la ciudad por entre las rendijas de sus gentes,
a 20 Km./h.
Stop. Paso de cebra.
Por él cruzan, a toda velocidad, los viandantes
medio dormidos: maletines, macutos, mochilas y bolsas de la compra...
todos llevan algo. Todos somos un objeto. A estas horas de la mañana
todos somos cosa. Y parecemos no encontrar la identidad si no rescatamos
a nuestro yo natural del fondo de un café. Como si nuestra
personalidad cada mañana, igual que si de un niño
travieso se tratase, se cayera después del sueño a
un pozo de leche manchada y tuviéramos que ir a sacarla de
allí, del desayuno, con cucharadas y magdalenas.
Verde.
Una niña rumana está vendiendo pañuelos
de papel en el semáforo.
Dinero.
Mi jefe es un tipo peculiar: tiene flequillo en
el labio, dos bigotes por cejas y está completamente calvo.
Siempre anda diciendo que el cliente es lo primero, pero en verdad
para él sus clientes son sólo una ristra de números
mágicos con acceso a otras combinaciones de números
más mágicos aún, verdes y metálicas
sumas de dinero, sumas de empleados, sumas de clientes. Sumar es
su más preciado tesoro. Y por sumar lucha encarnizadamente,
aunque sea yo el que tenga que dejarse el resto en el intento.
Recuerdo que un día me dijo, con fingido
afecto, chaval, yo fuera de aquí lo que quieras, puedo ser
el tío más amable del mundo, pero dentro, hijo mío,
lo primero es lo primero... Amén, señor amable, que
el demonio del dinero le lleve al infierno que usted ha elegido.
El dinero es el perro al que todos quieren pasear
pero al que nadie le recoge las mierdas. Yo sin ir más lejos
(un atasco), odio mi trabajo, odio a mi jefe, y odio la rutina.
Sin embargo, ¿qué hago? Saltarme las normas de tráfico
para llegar lo antes posible a la oficina y sacar a pasear al perrito,
no se lo vaya a hacer en mi mesa. Cuidado dónde pisan.
El piso está mojado. Ya se marchó
la niebla y dio paso al sol que se había quedado dormido
pegadito entre sus sabanas de nebulosa, que son muy cómodas
porque son de pelo de agua. Bribón gordo de fuego, le ha
reprochado la Noche, con esa voz helada y dulzona que ella tiene,
que te has embolsado unos minutos más de sueño, y
son minutos menos de luz. Y éste, con su sonrisota colorada,
la ha contentado con la oferta de un día radiante, y unas
horas extras en verano para que ella descanse: es el juego de las
luces. Y ahora está en rojo. Prohibido el paso pero pasa
el prohibido, un tuning a toda pastilla.
Son curiosos los pensamientos del semáforo.
Cada habitante de una ciudad podría llenar varias enciclopedias
de pequeñas ideas absurdas tituladas del rojo al verde. Mi
tío Hilario quería uno para los reyes, y poder pasar
siempre cuando uno quiera, caramba.
¡Ey! Me ha pasao rozando ese retrovisor. Me
hacen gracia algunos conductores de automóviles, pasan a
nuestro lado a toda velocidad importándoles un carajo dejarnos
mirando pa' Dios en el arcén, y luego ellos nos tratan a
nosotros como criminales si en un atasco les rozamos solamente con
el codo, limpia y levemente, su preciosa carrocería metalizada.
Y yo sé porqué están tan enfadados,
porque los coches son dragones mosqueados a los que se les ha gastado
la piedra de tanto encenderse y ya sólo les queda humo por
detrás.
Aunque peor son las motos, ¡las grandes traidoras
de la causa bici! Esos ciclos transmutados, la degeneración
de la bicicleta llevada a cabo por la voraz evolución de
las ciudades, la motocicleta desciende de la bicicleta, y los ciclomotores
son el eslabón perdido. Je. Vampiros de gasolina y ruido.
¿Qué que son los peatones? La otra
mitad del ciclista.
Pedaleo. Siento que hoy será un gran día.
Ante mí, después de varios kilómetros de hierros
y cambios de sentido aparece por fin el carril bici: rojo, supremo,
recto y sano. Como la autopista del ciclista que nadie respeta,
como la otra senda elegante de la ciudad, esa que ahora está
completamente vacía para mí. Bueno, no. Acaba de incorporarse
un segundo ciclista que me adelanta, ¿qué me adelanta
... ?
No, no, no. Hoy no es el día de eso. Cambio
la marcha, allá voy, muchachito. Vamos a jugar un rato, piñón
a piñón La vida es un juego y sólo dicen lo
contrario los que pierden. Nadie besa al perdedor dice la canción,
y a mí hacía ya mucho tiempo que no me hacía
una carantoña la mañana.
A correr, a rodar, todo es un problema de encajar.
Y el muchacho, que es muy joven, me ha mirado de reojo y sólo
el horizonte sabe que le ha entregado cara de competir. Aviva pedales
y detrás voy yo haciendo lo propio. Qué bonito espectáculo,
¡y que vivan los pulmones!
Hagamos un travelling longitudinal: yo y mi bicicleta
de carreras años ochenta, con su manillar de cuernos rozando
ya el sillín del chico de la mountain bike. Me aproximo con
un bufido intimidatorio y el plato adecuado (en el que se sirve
fresquita mi victoria), voy a adelantar y todos los hombretones
de la quinta del 78 me apoyan porque ya le tenemos cierta a envidia
a los de 18, y voy rebasándolo, y voy poniendo con suma facilidad
en mi rostro gozoso un capita del bronce del éxito. Soy la
flecha envenenada que atraviesa la ciudad y mi rueda delantera ya
está a la par de la suya.
Ha llegado el momento. Sólo un golpecito
de pedal más. Voy a darlo ... El chaval me mira, se incorpora
levemente sobre el manillar, sonríe y aprieta... y ya sólo
le veo el culo y a lo lejos.
¡Caramba, zambomba, Pamplona, y cuántas
exclamaciones de derrota y sorpresa haya en mi mente! Me ha dejao
tirao.
Tralará, lará... tampoco es cuestión
de manchar con saña una mañanita tan bonita. Soy la
flecha envenenada de la ciudad, envenenada porque fumo mucho, eso
sí, demasiado.
Estoy muy cansado, afloja, marinero. Son casi las
9.
A 9 minutos del tajo, conduciendo paralelo al Guadalquivir,
¡qué gran día, amor!. Permítanme que
me presente, porque ya es hora y nunca es tarde; mi nombre es Braulio.
Tengo 25 años, todos míos, y las ideas claras como
la frente de un economista calvo (mi jefe, verbi puñetera
gratia). Sé lo que quiero y sé lo que no quiero. No
me gusta mi trabajo y adoro esta bendita ciudad. Vivo a cientos
de kilómetros de mi familia, a mucha llanta de mi hogar.
Me hospedo en un piso estudiantes del casco viejo, ese que a menudo
llenan de cascos nuevos. Los estudiantes de mi casa envidian mi
sueldo ritualmente cada fin de mes y yo a diario envidio su tiempo
libre cada día para gastarlo. A veces, ambas necesidad se
juntan en una noche y acabamos a las tantas de la mañana.
Entonces son los vecinos los que protestan. Hola,
me llamo Braulio, tengo 25 años, dos ruedas y una vida, siento
muchísimo molestarles, y voy a cambiar de plato.
De segundo: insatisfacción. Ya veo desde
aquí las puertas de la cárcel. Trabajo en el tercero
de una bloque de oficinas. En un cuarto pequeño y mal iluminado.
Resabiado como un quinto de guardia. Mi sexto sentido me dice que
hoy, hoy yo soy lo primero.
Paso de largo, paso de encargos, paso de cebra (Hola,
señor agente) hoy paso de currar.
M jefe me ha visto, el azar ha vuelto a darme una
carta marcada, sale detrás de mía, grita, vocifera,
es como si una bandada de señores grises le saliera de la
boca cada vez que da una orden. Viene con un papel en la mano, seguramente
sería el que tendría que entregar yo hoy, al fin y
al cabo tan sólo soy un mensajero de papelotes con aspiraciones
y expiraciones en las cuestas arriba. Un buen futuro en la empresa,
chaval. Sobre ruedas. Ahí te quedas, aceleración humana
un poco más. Doblo la esquina lo he perdido de vista y supongo
que al trabajo también. Voy como loco y disparado.
El día apuntaba y me acertó en toda
la sien. Suena el móvil, no puedo, no debo, no tengo que
cogerlo. Lo sacó de la mochila con una mano, ese viejo trasto
que me dio la empresa sigue siempre sonando. Es mi jefe el que llama,
qué pesado cacharro, se me cae al suelo. Desafortunado accidente,
pero ¡hoy yo NO me paro! ¡que NO me paro! Miro atrás,
lo ha cogido un indigente, creo que está llamando a Dios...
Adiós, trabajo, adiós. Todos los días
son buenos días para cambiar de vida. Uno hace algo, y lo
hace durante años, a pesar de que no le gusta, sin saber
muy bien porqué. Luego un día te levantas y te das
cuenta de que se te han pasado todos los cambios de dirección,
que estás en un vía de sentido único y está
prohibido dar media vuelta.
Entre en un centenar de señales y vehículos
estoy perdido. Lo dijeron los griegos y lo cantó la Creedence,
la vida es un ciclo. Yo sin embargo pienso que no son una sino dos
las ruedas de la fortuna como las de mi bicicleta. La mía
y la del resto del mundo. Siempre rodando juntas, simétricas,
pero sin tocarse.
Proud Braulio. Vamos, Brauly. Un viaje con final
no es un viaje sólo es un desplazamiento. Despedido del trabajo
de ir al trabajo. Y despedido por la ancha avenida abajo, voy pasando
sobradamente los cincuenta por hora, los conductores de bicicletas
podrán superar la velocidad máxima fijada reglamentariamente
para estos vehículos en aquellos tramos en los que las circunstancias
de la vía aconsejen desarrollar una velocidad superior (..),
liberado y cuesta abajo entonces.
Cuesta trabajo el descenso por el túnel del
sentimiento, pero lo estoy haciendo. Y rodar por rodar, conduciendo
en la cabeza un relato encadenado que desate mi pena, y que engarce
las calles de mi ciudad en un rosario profano de gentes, oficios
y lugares. Encadenando palabras y frases, incluso con cierta rima
y cadencia decadente, lubricando así el engranaje de mis
ideas con la grasa de una bicicleta.
Atención. Y a mi izquierda el amor que rompe
la cadena. ¿Qué ven mis ojos? Es una diosa viajando
en vespino. Es Venus con casco y prisa. Llegué al final de
la pendiente enamorado de la chica del carril de al lado, ¡qué
curiosa la vida!. Y me está mirando, sí, sí,
creo que me está mirando a mí...
- Hola
- Hey, boy, what happened?
- Me llamo Braulio.
- (risas y carburadores)
- Chica, no te oigo con el ruido de los motores,
¿te gustaría que fuésemos por un camino más
tranquilo?
- Sorry? - alzando sus preciosos ojos verdes al
semáforo en rojo, sonríe y espera. ¿Cuál
es tu nombre?
- Gloria
- ¿Cómo?
- G-L-O-R-I-A, Gloooria...
- Pero no te vayas. Oye, espera un momento. Ya pronto
se pone en rojo otra vez, oye, eh, ¡no! ... ¡no me pongas
el intermitente así!
Se llamaba María. Fue en un paso de peatones
y el amor más lindo y breve de mi vida. Pero lo nuestro no
podía funcionar. íbamos a distinta velocidad.
Zanjo, esquivo la cuneta, y paso adelante. Circulando
sin darme cuenta, mientras pienso e invento, ya estoy casi en las
afueras de la ciudad. Aunque me quedan piernas para mucho más.
Ni mucho menos pensaba que pudiese llegar tan lejos
hoy. He entrado en un hermoso pueblo a sólo unos kilómetros
de la ciudad, en la que uno no puede ya ni aparcar los sueños,
parece que estoy en otro mundo. Más tranquilo, más
luminoso, más soleado, o quizás sea yo. No lo sé.
La sensación de querer dar la vuelta a las tomas vuelve con
toda plenitud y esplendor a mi corazón que brilla verde como
una esmeralda robada.
Subiendo por sus escarpadas calles he llegado a
un impresionante mirador, todo ello sin poner los pies en la tierra
todavía. Durante unos segundos pienso, si echar una miradita
al vacío. Sólo tendría que dejarme ir recto
hacia el precipicio y dar unas pedaladas al aire, mientras mi querida
bicicleta y yo disfrutaríamos de un último vuelo empicado.
Pruebo los frenos en el mismo borde del abismo.
Una anciana lugareña se echa asustada un pañuelo a
la cara. Yo también tengo miedo. La rueda rusa de las pastillas
de los frenos dará ahora su veredicto.
Un frenazo seco no ha impedido que la rueda delantera
se descuelgue por el barranco junto con algunas piedras y arena.
Me tiro al suelo y trato de agarrar la bicicleta por la llanta trasera
pero es inútil, se ha despeñado por el mirador. Ya
puse los pies en el suelo.
La mujer se acerca en mi auxilio con las manos en
la cabeza. Sacudiéndome la ropa me he asomado rápido
al borde y he visto que en verdad sólo había un par
de metros de altura, mi bici está tirada, cerca, sobre un
camino de tierra al que la buena señora me ha indicado como
acceder.
He encontrado una cabina dentro del pueblo. Me busco
en los bolsillos a ver si encuentro algo de calderilla. El dinero
es lo primero, también para llamar. Telefoneo a mi jefe,
le pido disculpas, le suelto una bola, le suelto dos. Me reprime
por mi actitud, me grita. Me concede una segunda oportunidad y me
manda un taxi.
Mirando por la ventanilla del coche, a las empinadas
calles del pueblo, pienso en todo lo que tiene que hacer uno para
poder pasar un día de bicicleta y rebeldía. El conductor
me observa con curiosidad por el espejo retrovisor. Mientras mi
pobre cabrita de metal duerme rendida en la baca del taxi, con un
rueda echa un ocho y la pintura magullada.
Sonrío levemente. Como un niño sorprendido
al que han pillado, con las manos en la miel, y que se chupa los
dedos al recordarlo.
Mañana será sin duda otro gran día
para intentar cambiar mi vida. Porque hoy, una vez más, me
tragó el dragón.
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