Tardes
de Tour
Por Juan Salido Costa
Córdoba 20 de marzo de 2004
1er PREMIO en el Concurso Universitario de Relatos Cortos - 2004
¡Que
calor hacía aquel verano! Era la hora de la siesta, y luchábamos
contra el poder anestésico del gazpacho. Broncas con la abuela por
la posesión del mando a distancia en la oscuridad de la salita,
mientras que una orquesta de cigarras interpretaba una imposible
sinfonía de estridentes notas en el parque de al lado. Todos cabeceando
hacia la horizontal del sofá, frenando la caída en el último momento
gracias a un demarraje explosivo en un puerto de primera. Tardes
de sesteo que finalizaba en llegadas al sprint.
Horrible
verano aquel, las calles se convertían en desiertos humanos desde
la hora de la comida hasta que el sol comenzaba a aliviar ligeramente
toda su furia. Y nosotros allí pequeños, negruzcos, chamuscados
por los rayos del un cielo huérfano de nubes. Impasibles.
Otras
vacaciones lejos de la playa, otros meses de clausura en una ciudad
que no pagaba impuestos a la brisa para que aligerase la sofocante
carga. Es duro ser niño y verse encerrado un estío completo en una
cárcel de miles de hectáreas sembradas de farolas, asfalto reciclado
en chicle y ríos de sudor. Pero nosotros estábamos allí, cuarenta
grados a la sombra, con la riña gritona de nuestra madre aun retumbando
en los oídos. "No mamá, no estoy loco. Me voy a correr el Tour".
A las
seis todos juntos en el centro del parque, todos con los botes llenos
de agua, limón y azúcar. Con gafas de sol estrambóticas, pantalones
cortos y camisetas raídas y ajustadas de pequeñas.
'Todos"
parece una multitud, en realidad "todos" éramos sólo cinco, pero
los suficientes para sufrir por una victoria que echar en cara a
los amigos por las noches, cuando un vaso de granizada calmaba por
unos instantes la flama corporal acumulada durante todo el día.
Casi
todos los días íbamos con las bicicletas a dar una vuelta por los
barrios de alrededor, por las urbanizaciones de las afueras. Simplemente
por hacer algo juntos o por ver alguna muchacha... cosas de niños.
No
habían empezado a cicatrizar las heridas de la última caída cuando
algún otro, embobado mirando la rueda delantera girar y girar, descubría
terroríficamente que un bordillo le zancadilleaba apareciendo de
la nada. Sangre y carne machacada, ya nadie lloraba por ello, era
algo tan familiar...
En
ocasiones el alquitrán derretido se adhería a la herida, pero se
podía soportar. Cada cual enseñaba sus marcas de guerra orgulloso,
capaz de contar hasta el más nimio detalle de la caída, de cómo
el perro se cruzó apareciendo detrás de aquel muro, cómo el aceite
de algún coche hizo derrapar su rueda, de cómo se siente uno al
golpearse con el manillar en la entrepierna...
Éramos
grandes, a nuestra manera pero lo éramos. Sí un enemigo es temible,
más lo es un amigo a la hora de competir.
Aun
veo claramente aquella semana de carreras. Aprovechando que las
calles se encontraban más vacías que nunca, y que por ello en cierta
forma nadie podía vernos hacer nuestras locuras, montábamos las
bicicletas y pedaleábamos con las fuerzas infinitas que la preadolescencia
nos regalaba.
Nuestro
particular 'Tour" constaría de cuatro etapas que discurrirían por
esos terrenos tan diversos que constituyen una ciudad. Tendríamos
una contrarreloj, una etapa de "montaña", un trayecto corto con
final en sprint, y por supuesto una última etapa larga para decidir
la carrera. Así nos dispusimos a competir al más alto nivel que
el barrio jamás hubiese visto, y que jamás vería pues a esas horas
nadie tenía la descabellada idea de delatarse al sol.
La
noche anterior a la contrarreloj recuerdo haber dormido poco, recuerdo
trazar una y otra vez de memoria el recorrido de apenas dos kilómetros
que debíamos hacer. Tumbado en la cama tensaba mis piernas para
comprobar que todo iba a ir bien, para espantar los escalofríos
que en pleno verano recorrían todo mi cuerpo debido al nerviosismo.
Y mientras tanto daba una curva tras otra mentalmente, pedaleaba
fuerte, me ponía de pie, cambiaba en el momento exacto de desarrollo.
Yo quería parecerme a Greg Lemond, !qué demonios!, !yo era Greg
Lemond!.
A la
tarde siguiente todos teníamos la misma cara de haber dormido poco
y haber pensado demasiado en la carrera. Uno tras otro íbamos saliendo
en cuanto el anterior concluía su trayecto. Cuando tocó mi turno
pensé que me iba caer de la bicicleta nada más empezar, así que
respiré profundamente para tranquilizarme y corrí tanto como pude.
Creo
que hice los dos kilómetros con el mismo aire en los pulmones que
había introducido al principio, como cuando en la piscina quería
ser más rápido y los últimos quince metros los hacía sin respirar.
Cuando
me informaron de que era último a falta del quinto por salir casi
lloro, solo la falta de oxígeno me hizo dejar la humillación total
para otro momento y dedicarme a inhalar el precioso elemento gaseoso.
Ahí
estaba él, preparado para humillarme del todo. Flori, con sus piernas
delgadas y morenas, alto, enjuto y callado, muy callado. Como deseé
que pinchase, que su madre lo viese con la bicicleta y tuviese que
pararse, que algo evitase mi última posición y las burlas de las
que sería objeto por la noche. Creo que recé a San Bernard Hinault
por mi alma...
Pasaban
lentos los segundos, por cada uno que contaba nuestro reloj con
cronómetro marca Casio yo era capaz de contar dos o tres. La figura
de Flori se vería aproximándose a nosotros desde una curva situada
a unos cien metros de la meta. El tiempo, aunque a mi no me lo pareciese,
iba pasando como tiene por costumbre hacer. Veinte segundos más
y no seré último, no puedo serlo porque desde la curva se tarda
casi quince y ya solo quedan diez.
Cinco...
Confirmado, aliviado, relajado, reposado...
Pasan los segundos, el minuto, los minutos. Sorprendido, intrigado,
preocupado, asustado...
Ya nos dirigíamos en su búsqueda cuando Flori vestido con su camiseta
del Cobi montando en su bicicleta verde fosforito, apareció en la
curva. Aunque era más bien ella quien lo montaba, pues iba arrastrándola
tirando del sillín y del manillar a la vez que transportaba en la
mano la rueda delantera.
Según
nos contó, mientras soplaba sobre sus heridas impregnadas con agua
oxigenada y mercromina, en una curva había un charco que le hizo
resbalar y caer. También dijo que habría intentado seguir, pero
que cuando miró la bicicleta a esta se le había salido la rueda
delantera.
Viéndolo
en aquel estado, decidirnos declarar nula la primera etapa y reanudar
la carrera dos días más tarde por "razones humanitarias".
Aún
así nada más dejar a Flori en su casa, todos fuimos al lugar de
la supuesta caída. ¿Un charco?, ¿en verano a las seis de la tarde?
por aquella época mi fe en el hombre tampoco era gran cosa. Pero
allí estaba, precisamente en la acera de mi casa, agrandándose por
momentos. Fui el primero de mi familia en saber que había reventado
una de las tuberías de nuestra instalación, aunque por aquello no
daban medallas, y menos mi padre.
Cuando
llegó el día de la etapa de "montaña" el nerviosismo no nos había
abandonado. Tras la improductiva primera etapa todos continuábamos
durmiendo poco, hablando menos y dedicando toda nuestra concentración
de nuevo al recorrido a realizar. El trayecto simplemente consistía
en subir todas las cuestas de nuestro barrio y los adyacentes que,
aunque nosotros hubiésemos rebautizado, con aquellos nombres alpinos
y pirenaicos que escuchábamos en la voz del locutor de Televisión
Española, no pasaban de ser ligeros repechos de apenas unos cientos
de metros.
Echando
la vista atrás, todos reímos recordando aquellas "infernales subidas
donde pavimento y cielo se fundían haciéndonos adoptar posturas
extremas y quebrando nuestro rostro en gestos de esfuerzo imposible''.
Al
comenzar la competición todos intuimos el miedo en el espíritu ajeno,
gemelo idéntico al que nosotros experimentábamos. Nadie atacaba.
Recorrimos la mitad del trayecto en grupo, lanzando temerosas miradas
furtivas al que teníamos al lado.
El
silencio solo roto por el chirriar de los pedales, el discurrir
de las cadenas y algún que otro gemido que alguien no pudo contener.
Aquella
tarde era especialmente calurosa. La calima sahariana vino a hacer
turismo a la península con su calor seco, y con aquella especial
tintura en forma de polvo que pigmentaba el cielo de limo amarillo.
Recuerdo
que estuve a punto de rezar interiormente para que a nadie se le
ocurriese atacar, y puedo asegurar que no fui el único. Y entonces
ocurrió, como en las grandes ocasiones. Siempre aparece un tocado
por Dios, un cabezón, un rebelde que se niega a aceptar las evidentes
limitaciones. En este caso era mi primo Juanma, "el madrileño''.
Arrancando
desde atrás como los grandes y con un punto de ataque conscientemente
planeado la noche anterior, nos dejó perplejos e inmóviles. Sí,
movernos nos movíamos, eso lo sabíamos. Pero la sensación de tener
grapadas las ruedas al asfalto era, cuando menos, convincente. Allí
iba él, pedaleando de pie, sin mirar siquiera atrás, tan convencido
como nosotros de su victoria.
El
silencio, que antes era patente, se intensificó aun más llegando
a cotas que solo los sordos jamás han conocido. Tras un par de minutos
de alucinación lisérgica, de forma espontánea, comenzamos a relevamos
por turnos. No quiero dar lugar a equívocos, no es que tratásemos
de alcanzar al imparable Juanma, simplemente surgió así, sin un
objetivo más allá de hacer algo más llevadera la finalización de
la etapa. La empatía nos hizo apiadarnos unos de otros y decidir
mentalmente no procurar más disgustos a los demás.
Así
trascurrió el trayecto hasta que llegamos a la ultima cuesta, donde
para sorpresa de todos nos encontramos al valiente, al que imaginábamos
en la meta vencedor.
Juanma
se encontraba desmontado de la bicicleta, en pie pero doblado sobre
su cintura, expulsando de su estomago, unas lentejas peleonas que
se habían conjurado contra su ímpetu ganador. El guiso de su madre
vengó así todas las siestas por entregas que le había hecho sufrir
su hijo con tanto movimiento de bicicleta de aquí para allá en la
casa. No sin cierta alegría, en realidad con muchísima, paramos
junto a él para ayudarlo y llevarlo a su casa, a lo que se negó
tajantemente. Dada su actitud empecinada en acabar la etapa y la
nuestra, a medias influenciada por no aprovechar nuestra ventaja
y por pura comodidad al evitar el estrés de un nuevo duelo en la
última subida previa a la meta, decidimos realizar en grupo la ascensión
y cruzar juntos la línea de llegada en una etapa de compañerismo
memorable. Llamen a esta última frase sarcástica y corran el riesgo
de quedarse muy cortos.
Al
día siguiente la historia volvió a repetirse, la etapa que tenía
que finalizar al sprint deparó una nueva decepción.
Existía
un acuerdo no explícito en cuanto a como debía resolverse la prueba
aquella tarde; por supuesto este fin era una llegada de todos juntos
donde el más rápido impondría su ley. Así de simple y claro hasta
que Cheo, con su flequillo mal peinado, se empeñó en desquiciamos
con su naturalidad.
Cheo
era bajito y vestía ropas heredadas de una generación de hermanos
mayores alejada de la suya en exceso por lo que era objeto de nuestras
burlas. "El kurdo" le llamábamos. No pronunciaba bien la erre, aunque
tampoco mal del todo. Pero ante todo era un tipo muy sencillo.
Nada
más dar la salida, observo la pasividad con que pedaleábamos y decidió
lo que ahora nos parece lógico a todos. Atacar con todas sus fuerzas.
Nunca
pensamos que aquel cuerpecillo podía agitarse tan espasmódicamente
por una victoria. De repente, sus piernas mutaron en dos pistones
imparables, que lo llevaron en un santiamén a la meta mientras nosotros,
coléricos, pedaleábamos con el insulto contenido quemándonos la
garganta.
Al
llegar a su altura comenzamos a lanzarle improperios, a zarandearlo
bajo su mirada estupefacta. ¡Estábamos enfadados con él por tomarse
una carrera como una competición!. Totalmente ridículo. Había destrozado
el ¡lógico plan de una etapa estúpida, pero en aquel momento era
él quien no sabía de reglas ni de compañerismo. Hasta que no renunció
a la victoria no dejamos de incordiarle, y en verdad lo hizo avergonzado.
Pidió perdón de corazón por aquello que no comprendía muy bien,
pero que debía de ser muy grave por la forma en que nosotros estábamos
actuando hacía él.
Tras
otra bochornosa experiencia en el mundo de la competición ciclista,
sólo quedaba por delante un trayecto. La etapa final era la de mayor
longitud, una mezcla de las anteriores aunque sin llegar a un extremo
agotador. Su mayor razón de ser era que no existe prueba que se
aprecie y no la tenga.
Tuvimos
que comenzarla más -temprano que las anteriores, pues debido a su
distancia necesitábamos más tiempo para recorrerla, pero sin renunciar
al anonimato frente a nuestros vecinos. Así que comimos más temprano
de lo habitual. Mi abuela cocinó lentejas, malos presagios invadieron
mí cabeza.
Contra
todo pronóstico la carrera discurría normalmente, sin contratiempos,
nada fuera de lo común. Y lo más importante, mi estomago vencía
su guerra particular con las lentejas y me sentía estupendamente.
Estaba convencido de que iba a ganar. ¡Me había convertido en Greg
Lemond!.
Al
ganar la última etapa tras tres anteriores nulas sería el campeón,
la envidia de mis iguales, el admirado por la chiquillería que estaba
al corriente de nuestro particular Tour. Algunos lo llaman "el cuento
de la lechera", otros se refieren a él como "impacto con la cruda
realidad". Yo simplemente lo llamé "me cago en to'l perro".
En
el momento exacto en que decidí demarrar del grupito, cuando cogí
aire y me puse de pie, cuando me alejaba unos metros de ellos apareció
él. El perro negro.
No
sé si tenía nombre, raza o dueño; solo que corría mucho, y que el
objetivo de su persecución era mi tobillo. Yo no me amedrenté, ese
verbo resulta insuficiente para representar el escalofrío de pánico
que me recorrió de los pies a la cabeza dado mi terror patológico
a los cánidos.
Aquel
miedo inyectó una sobredosis de adrenalina en mi sistema nervioso,
comencé a pedalear aun más rápido aunque de manera contraproducente.
El sabio de los neumáticos lo dice: "La potencia sin control no
sirve para nada".
Pedaleaba
frenéticamente a la vez que mis manos indicaban mil direcciones
distintas por segundo hacia las que dirigir el manillar. En un intento
desesperado por deshacerme del animal demoníaco, lancé una patada
en dirección a su hocico que me estaba asiendo intermitentemente
la pierna, con tan nula fortuna que la nueva posición del centro
de gravedad del conjunto niño-bicicleta me condujo fatídicamente
a impactar inelásticamente contra un Seat Marbella que se encontraba
aparcado, a un lado de la calle. Pura y dura mecánica física (tanto
el hecho científico como el automóvil contra el que choqué). Lo
del choque inelástico lo indicó, sin lugar a dudas, la deformidad
en que quedó convertida mi rueda delantera.
De
inmediato el perro se desvaneció, lo que aumentó mi teoría de que
era un enviado del mismo Averno con la misión de hacerme fracasar
El mismo mensajero me lo he vuelto a encontrar varias veces más,
aunque con formas distintas y algunas de ellas realmente atractivas.
Ahí
acabo el Tour para todos, no por mi caída, sino porque al acercamos
a un taller cercano de reparaciones, "Bicicletas Chocolate" creo
que le llamaban, mi primo Juanma y Paco, el que faltaba por presentar,
tuvieron la osadía de dejar sus vehículos en la puerta sin vigilancia.
La
banda del famoso chorizo "El Coko" hizo el resto. Allí nos quedamos,
compuestos y sin bicis. Fue un día de bofetada paterna y tres de
llantos desconsolados.
Merecido
final para una demente carrera mal organizada. Nunca más hubo otros
Tours, no más competiciones. Gracias a aquello comenzamos a tomar
las cosas con más calma y aprendimos a disfrutar la bicicleta.
Ahora,
al tiempo, cuando nos reunimos y rememoramos nuestras hazañas ciclistas
reímos recordando lo niños que éramos cuando había que serlo.
Las
cosas han cambiado, ahora mis amigos dicen desapasionados que la
bicicleta sólo es un simple medio de transporte barato y limpio.
Pero
a mí la palabra "sólo" nunca me pareció tanto.
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