Bicicletas voladoras
Por Luis Gruss, un poeta-escritor
argentino
Cuando choquen los planetas y el mundo se termine,
sólo quedará una manera de escapar:
la bicicleta.
Sobre dos ruedas y
pedaleando fuerte se podrá llegar más
lejos que las balas y las esquirlas nucleares. Más
allá de las plagas, los gritos de horror y
las nevadas de ceniza. Y si los planetas no chocan
y el mundo no se acaba, quedará siempre, también,
una forma de fugarse en bicicleta. Como no hace ruido
y sabe esfumarse a tiempo, nadie lo va a notar. En
silencio y suavemente, como las hadas y los gatos,
los hombres y mujeres libres se podrán alejar
del calor y la tristeza sin ensuciar el alma ni el
ambiente. Y así va a ser posible para todos
llegar sin prisa y sin pausa a cualquier punto de
la tierra.
Como duendes burlones
y obstinados los ciclistas van dejando atrás
a los autos empantanados, a los aviones que estallan
como globos en el aire, a los grandes y pesados camiones
y a las naves espaciales.
Los poderosos les temen
cada vez más. Los agentes de tránsito
no saben cómo hacer para contenerlos. Unos
y otros aceptan resignados que si alguna cosa está
fuera del nuevo orden mundial, eso es la bicicleta.
Leonardo da Vinci la
dibujó hace cinco siglos en un instante de
inspiración suprema. Desde entonces hasta hoy
evolucionó tan vertiginosamente que pronto
va a convertirse en una metáfora de sí
misma.
Montados en esa máquina
secreta y sutil, los ciclistas se han convertido en
los últimos anarquistas de este siglo. Circulando
a contramano, pasando la luz roja, sobre la vereda,
por caminos de tierra o sobre arenas lunares, ellos
niegan una y otra vez las leyes del sistema y superan
todos los esquemas conocidos en materia de libre albedrío.
Aun admitiendo que esa extraordinaria ubicuidad tiene
sus riesgos, ellos suponen, a la manera de las viejas
vanguardias, que no existe ninguna corriente avanzada
en el mundo que pueda imponer sus postulados sin sufrir
bajas ni derrotas. Y que en cualquier caso hay que
seguir pedaleando sin pausa hasta la victoria final.
La tarea no es
fácil.
Los hombres se han aburguesado
y se encapsulan en autos, colectivos, subtes y ascensores.
Lejos del viento, del sol y las estrellas fueron ganados
para una existencia oscura, burocrática y carente
de emoción. Los arrogantes defensores de la
autopista global lograron por ahora implantar el encierro
y el transporte de mercado como un modo de vida único
y excluyente. Pero no será por mucho tiempo.
Las bicicletas volverán,
volarán y serán millones.
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