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L I T E R A L I A

 

Un dédalo de caminos inciertos
Por Alejandro Campos
Madrid, mayo de 2001
Relato presentado al concurso literario de Pedalibre


El tren avanza veloz. Un traqueteo hace crujir todos los mamparos que se abalanzan sobre el horizonte. Es de mañana y el grupo se ha sentado por el vagón, compartido con otras personas. Algunos hablan animadamente mientras otros intentan dormitar o ven como el paisaje desfila ante las ventanillas. Fede estudia un mapa con detenimiento. Su vista recorre una y otra vez los vericuetos del mapa, se detiene en algunos puntos, y entonces Fede recuerda que sobre aquel punto no hay camino marcado. Confía en encontrar una pista o algo para transitar por allí. Si no encuentran pista o hay un cercado o la vegetación es densa y tupida, tendrán que dar un rodeo.

A sus espaldas hay un espacio polivalente donde las bicis están agrupadas en desordenada confusión. Algunas alforjas hay sobre los estantes superiores. Javier ayuda a Maite a revisar su bici, tiene un ligero zumbido que le impide avanzar bien, un ruido molesto al pedalear. Le enseña como utilizar el ajusta radios, la rueda está ligeramente descentrada. Felipe se incorpora junto a Fede y le pregunta por la ruta.

- Es una ruta que encontré en un libro antiguo de paseantes. Se llama el valle del Milagro. Parece que hay unos farallones ...
- ¿Cuánto kilómetros vamos a hacer?. - pregunta Felipe
- No sé, treinta y tantos.
Es un valle junto a un río, resulta difícil calcular. No sé cuantas vueltas tendremos que dar. Los caminos no están claros. Parece que hay cuevas e incluso hay pinturas rupestres cerca.

El tren se va deteniendo pero todavía el grupo no llega a la estación de destino. El grupo mira cómo baja la gente. En esas estaciones de Guadalajara no sube apenas nadie al tren. En los asientos de al lado el grupo habla de cine, de la última película que han visto. De la que quieren ver.

El tren vuelve a tomar velocidad y se aventura por la larga llanura que recorre la campiña. Los pocos árboles proyectan sombras que puntean el paisaje. Va a hacer un día de sol. El cielo está totalmente despejado. Se arrejuntan los amarillos con los ocres entre tierras desnudas y campos de cultivo.

Jesús cuenta un chiste en un grupo distante del vagón, llegan las risas hasta el fondo.

- Es está, es esta!.- se oye gritar una voz.

Rápidamente se levantan todos. Se organiza una cadena para bajar las bicis. Andrés pasea rápidamente por el vagón, mirando si alguien se deja algo. Finalmente, bicis y ciclistas en el andén, saludan al maquinista que cierra las puertas antes de reemprender la marcha.

Efectivamente va a hacer un día de calor. El sol ya pega fuerte mientras el grupo parece desperezarse placidamente disperso por la vía. Unos van a por agua, y otros van colocando el equipaje sobre las bicicletas. Fede ha guardado el mapa, y tiene claro por donde hay que empezar a pedalear.

- Tengo yo unas alforjas estupendas, menos a la hora de colocarlas, menudo engorro que son.- dice Carlos.

En general, todos llevan alforjas que cuelgan del transportín trasero. Alguno lleva alforjas grandes que rodean el transportín. Alguno lleva una alforja delantera, donde guarda galletas energéticas, una cámara de fotos, las gafas de sol. El rito de embadurnarse con cremas protectoras es largo.

Pasan veinte minutos largos antes de que el grupo salga de la estación. Estación desierta, triste apeadero lejano del pueblo.

Alberto sale pidiendo un café, pero el pueblo queda en dirección contraria y tendrá que esperar. El grupo no tiene ganas de parar, y menos tras dar las primeras pedaladas, que hacen olvidarse del calor. Con el movimiento se disfruta de una ligera brisa y los ciclistas como un pelotón de caballería se deja caer suavemente por la carretera. Se pedalea fácil. El grupo no es grande, apenas una decena de ciclistas que se van agrupando azarosamente iniciando conversaciones en parejas. La carretera esta vacía y las bicis se dejan llevar.

- ¡Coche!.- se oye gritar a Luis que va al final del grupo.

Los ciclistas recuperan por unos momentos la perfección de una línea recta, pero en seguida que el coche pasa, vuelven a desorganizar la línea, como burbujas que flotaran en el aire.

El grupo va avanzando en dirección al perseguido valle, y después de cruzar un arroyo, van encontrando lomas y cambios de rasante. El paisaje, sin dejar de ser el mismo, va cambiando tras cada loma. Los ciclistas se separan, ajustan el ritmo de sus pedaladas con los cambios automáticos y van disfrutando del paisaje, al tiempo que vigilan que sus compañeros no se alejen. Atrás queda la estación, solitaria y silenciosa, pero ninguno de los viajeros piensa en ella. Los más nerviosos piensan en la siguiente cuesta, aunque la zona no parece muy abrupta. Marisa va pensando en lo borde que está hoy Andrés. Julio está convencido de que tiene que cambiar la posición de la potencia de la bici. Siempre lo recuerda en los primeros kilómetros de coger la bici, pero luego lo olvida, y mucho más cuando vuelve a casa y la bici queda aparcada colgando del techo.

- ¡Coche!
- ¡Coche!
- ¡Coche!

Parece un grito de guerra que se van transmitiendo de atrás a delante, según se acercan los vehículos.

- Bueno y tú qué tal, que tal tu nuevo trabajo?.- dice Fede.
- ¿Cómo acabasteis la otra noche?
- ¿Qué planes hay para el verano?. -dice otro.

Saca Fede el mapa en un cruce de caminos. Empieza a orientarse mientras llegan los compañeros. No pasan coches y la gente se ofrece agua. Javier saca unas avellanas y empieza a ofrecer. Para algunos empieza un ritual de ajustarse pañuelos, la alforja que roza, más crema protectora. Se bebe agua abundante.

Al cabo de un rato vuelven a pedalear. Fede ha dado unas explicaciones someras sobre hacia donde va la ruta. Pero tras la siguiente loma, el grupo se detiene, quedan mirando una flamante autovía que cruza y marca el paisaje.

- Me temo que mi mapa no es muy reciente.- reconoce Fede.
- Venga, Fede, a ver si el valle del Milagro ya lo han quitado.- bromea Felipe.
- Tiene que estar, tiene que estar. Mirar podemos tomar esa vía de servicio que pasa por debajo de la autovía.

No hay pánico ni nerviosismo por la presencia de la autovía. El sol es cálido, quizá demasiado, y el día claro. Se circula bien, y todos se lanzan hacía un vano que tiene la autovía por debajo. No se detienen a mirar los coches y camiones que circulan por la autovía. Podrían calcular la velocidad que llevan. Cien, cientoveinte, cientocuarenta e incluso más. No tiene sentido comparar las velocidades.

Moviendo las piernas el grupo llega a pasar por el pasillo que cruza por debajo la autovía. Apenas escuchan el ruido de los neumáticos que no descansan.

Tampoco los conductores reparan gran cosa en el paisaje que les cambia a mucha velocidad, unos concienciados de la actividad de riesgo que están haciendo, otros embebidos con la música del coche.

El grupo sigue avanzando, deja atrás la autovía y sus ruidos, y se interna en un bosquete de pinos. Cruzan mirando el paisaje, los árboles, disfrutando de la sombra, contemplando las muchas perspectivas que van cambiando con cada pedalada.

Dejan a una lado y otro muchos caminos, y se internan cada vez más en una zona abrupta, de altas paredes. Cada vuelta del camino es una sorpresa. Los pinos se mezclan, con encinas, carrascas, matas, y alguna encina. El camino está solitario y Fede echa de menos un paisano que les oriente sobre el camino, pero no hay paisanos en los montes desde hace tiempo. Piensa que ahora están todos en la gran ciudad, o metidos en sus casas de los pueblos o en las residencias comarcales. Los fines de semana el monte, el campo está cada vez más desierto.

Después de un par de horas internándose por la espesura del campo, el grupo llega junto a un río, y con total unanimidad deciden parar a comer junto al río. Buscan una sombra y dejan las bicis apoyadas en árboles, excepto alguno que tiene pata de cabra y la deja al sol. Vuelve al rato Javier de dar un paseo.

- ¡Oye!, Hay una poza allá arriba que está de miedo. Vamos a bañarnos.

No hace falta decirlo dos veces, el sol calienta y nada mejor que un baño en una poza. Enseguida descubren, junto a una gran roca, una poza de agua profunda y limpia. La poza se llena de gritos y risas.

Fede está tranquilo, quizá no encuentren el valle del Milagro, pero siguiendo la pista hacía abajo lleva decididamente al pueblo de Retameros, con la estación de tren para volver a casa.

Todos se bañan y juegan con una pelota que trajo Felipe, hasta que se cansan y se ponen a comer junto a un robusto fresno. Dejan pasar las primeras y más cálidas horas de la tarde junto al susurro del río. Maite ensaya una siesta y el silencio vuelve al paraje. Quizá piensa en el próximo postre que va a cocinar, ya que el que trajo para ofrecer ha tenido indudable éxito.

A eso de las seis, el grupo vuelve a las bicis, quizá un poco más curtidos, más cansados, con el sabor del río sobre sus cuerpos. Pedalean tranquilamente, ahora es todo cuesta abajo y ya desde lejos distinguen el pueblo, unas vacas paciendo, el enorme edificio de la estación y recorren los últimos kilómetros sin pedalear, en un silencio casi religioso, piensa Fede, paladeando los últimos momentos de la excursión y sintiendo los recuerdos del día en que fueron a buscar el valle del Milagro.

Ninguno sin embargo sufre la tontería de recordarle a Fede que no lo encontraron, y así le dejan que se ensimisme en sus pensamientos, cuando ya han abordado el tren, discutido con el interventor, colocado las bicis en el furgón y se han sentado tranquilamente mientras el tren les devuelve a sus casas.

Fede se queda pensando en los muchos caminos que dejaron en el bosque a uno y otro lado, ese dédalo de caminos inciertos que le desconcertó, y piensa en la próxima vez que intentará encontrarlo. Imagina el valle del Milagro, y se lo imagina silencioso y solitario, hermoso y salvaje, esperando que algún excursionista lo encuentre. Se hace una composición de su belleza, descaradamente ideal y perfecta, y sin conocerlo, imagina que el valle les echa de menos.

El tren toma velocidad tras los últimos pueblos antes de entrar en Madrid, y cruza sobre las autovías repletas de vehículos que circulan en lenta procesión. Fede piensa por un momento en ellos, y se pregunta si ellos tampoco encontraron el valle que iban buscando.

 

 

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