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La
religión del automóvil
por Eduardo Galeano.
Tomado de: Brecha, Montevideo, viernes 29 de marzo de 1996.
I.
Liturgia del divino motor
Con
el dios de cuatro ruedas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses:
nacen al servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo
y la soledad, y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión
del automóvil, con su Vaticano en Estados Unidos de América, tiene
al mundo de rodillas.
Seis,
seis, seis
La
imagen del Paraíso: cada estadounidense tiene un auto y un arma
de fuego. En Estados Unidos se concentra la mayor cantidad de automóviles
y también el arsenal más numeroso, los dos negocios básicos de la
economía nacional. Seis, seis, seis: de cada seis dólares que gasta
el ciudadano medio, uno se consagra al automóvil; de cada seis horas
de vida, una se dedica a viajar en auto o a trabajar para pagarlo;
y de cada seis empleos, uno está directa o indirectamente relacionado
con la violencia y sus industrias. Cuanta más gente asesinan los
automóviles y las armas, y cuanta más naturaleza arrasa, más crece
el Producto Nacional Bruto. Como bien dice el investigador alemán
Winfried Wolf, en nuestro tiempo las fuerzas productivas se han
convertido en fuerzas destructivas.
¿Talismanes
contra el desamparo o invitaciones al crimen? La venta de autos
es simétrica con la venta de armas, y bien podría decirse que forma
parte de ella: los accidentes de tránsito matan y hieren cada año
más estadounidenses que todos los estadounidenses muertos y heridos
a lo largo de la guerra de Vietnam, y el permiso de conducir es
el único documento necesario para que cualquiera pueda comprar una
metralleta y con ella cocine a balazos a todo el vecindario. El
permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino que
también es imprescindible para pagar con cheques o cobrarlos, para
hacer un trámite o firmar un contrato. En Estados Unidos, el permiso
de conducir hace las veces de documento de identidad. Los automóviles
otorgan identidad a las personas.
Los
aliados de la democracia
El
país cuenta con la nafta más barata del mundo, gracias a los presidentes
corruptos, los jeques de lentes negros y los reyes de opereta que
se dedican a malvender petróleo, a violar derechos humanos y a comprar
armas estadounidenses. Arabia Saudita, pongamos por caso, que figura
en los primeros lugares de las estadísticas internacionales por
la riqueza de sus ricos, la mortalidad de sus niños y las atrocidades
de sus verdugos, es el principal cliente de la industria estadounidense
de armamentos. Sin la nafta barata que proporcionan estos aliados
de la democracia, no sería posible el milagro: en Estados Unidos,
cualquiera puede tener auto, y muchos pueden cambiarlos con frecuencia.
Y si el dinero no alcanza para el último modelo, ya se venden aerosoles
que dan aroma a nuevo al vejestorio comprado hace tres o cuatro
años, el autosaurio ése.
Dime
qué coche tienes y te diré quién eres, y cuánto vales. Esta civilización
que adora los automóviles, tiene pánico de la vejez: el automóvil,
promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que se puede cambiar.
La
jaula
A este
cuerpo, el de cuatro ruedas, se consagra la mayor parte de la publicidad
en la televisión, la mayor parte de las horas de conversación y
la mayor parte del espacio de las ciudades. El automóvil dispone
de restoranes, donde se alimenta de nafta y aceite, y a su servicio
están las farmacias donde compra remedios, los hospitales donde
lo revisan, lo diagnostican y lo curan, los dormitorios donde duerme
y los cementerios donde muere.
Él
promete libertad a las personas, y por algo las autopistas se llaman
freeways, caminos libres, y sin embargo actúa como una jaula ambulante.
El tiempo de trabajo humano se ha reducido poco o nada, y en cambio
año tras año aumenta el tiempo necesario para ir y venir al trabajo,
por los atolladeros del tránsito que obligan a avanzar a duras penas
y a los codazos. Se vive dentro del automóvil, y él no te suelta.
Drive-by shooting: sin salir del auto, a toda velocidad, se puede
apretar el gatillo y disparar sin mirar a quién, como se estila
ahora en las noches de Los Angeles. Drive-thru teller, drive-in
restaurant, drive-in movies: sin salir del auto se puede sacar dinero
del banco, cenar hamburguesas y ver una película. Y sin salir del
auto se puede contraer matrimonio, drive-in marriage: en Reno, Nevada,
el automóvil entra bajo los arcos de flores de plástico, por una
ventanilla asoma el testigo y por la otra el pastor, que Biblia
en mano os declara marido y mujer, y a la salida una funcionaria,
provista de alas y de halo, entrega la partida de matrimonio y recibe
la propina, que se llama Love donation.
El
automóvil, cuerpo renovable, tiene más derechos que el cuerpo humano,
condenado a la decrepitud. Estados Unidos de América ha emprendido,
en estos últimos años, la guerra santa contra el demonio del tabaco.
En las revistas, la publicidad de los cigarrillos está atravesada
por obligatorias advertencias a la salud pública. Los anuncios advierten,
por ejemplo: "El humo del tabaco contiene monóxido de carbono".
Pero ningún anuncio de automóviles advierte que mucho más monóxido
de carbono contiene el humo de los coches. La gente no puede fumar.
Los autos, sí.
II.
El ángel exterminador
En
1992 hubo un plebiscito en Amsterdam. Los habitantes de la ciudad
holandesa resolvieron reducir a la mitad el espacio, ya muy limitado,
que ocupan los automóviles. Tres años después se prohibió el tránsito
de autos privados en todo el centro de la ciudad italiana de Florencia,
prohibición que se extenderá a la ciudad entera a medida que se
multipliquen los tranvías, las líneas de metro, las vías peatonales
y los autobuses. También las ciclovías: pronto se podrá atravesar
toda la ciudad sin riesgos, por cualquier parte, pedaleando en un
medio de transporte que cuesta poco, no gasta nada, no invade el
espacio humano ni envenena el aire, y que fue inventado, hace cinco
siglos, por un vecino de Florencia llamado Leonardo da Vinci.
Mientras
tanto, un informe oficial confirmaba que los automóviles ocupan
un espacio bastante mayor que las personas en la ciudad estadounidense
de Los Angeles, pero allí a nadie se le ocurrió cometer el sacrilegio
de expulsar a los invasores.
¿A
quién pertenecen las ciudades?
Amsterdam
y Florencia son excepciones a la regla universal de la usurpación.
El mundo se ha motorizado aceleradamente, a medida que han ido creciendo
las ciudades y las distancias, y los medios públicos de transporte
han cedido paso al coche privado. El presidente francés Georges
Pompidou lo celebraba diciendo que "es la ciudad la que debe adaptarse
a los automóviles, y no al revés", pero sus palabras cobraron sentido
trágico cuando se reveló que habían aumentado brutalmente los muertos
por contaminación en la ciudad de París, durante las huelgas de
fines del año pasado: la paralización del metro había multiplicado
los viajes en automóvil y había agotado las existencias de mascarillas
antiesmog.
En
Alemania, en 1950, los trenes, autobuses, metros y tranvías realizaban
las tres cuartas partes del transporte de personas; actualmente,
suman menos de una quinta parte. El promedio europeo ha caído al
25 por ciento, lo que es todavía mucho si se compara con Estados
Unidos, donde el transporte público, virtualmente exterminado en
la mayoría de las ciudades, sólo llega al cuatro por ciento del
total.
Henry
Ford y Harvey Firestone eran íntimos amigos, y ambos se llevaban
de lo más bien con la familia Rockefeller. Ese cariño recíproco
desembocó en una alianza de influencias que mucho tuvo que ver con
el desmantelamiento de los ferrocarriles y la creación de una vasta
telaraña de carreteras, luego convertidas en autopistas, en todo
el territorio estadounidense. Con el paso de los años se ha hecho
cada vez más apabullante, en Estados Unidos y en el mundo entero,
el poder de los fabricantes de automóviles, los fabricantes de neumáticos
y los industriales del petróleo. De las sesenta mayores empresas
del mundo, la mitad pertenece a esta santa alianza o está de alguna
manera ligada a la dictadura de las cuatro ruedas.
Datos
para un prontuario
Los
derechos humanos se detienen al pie de los derechos de las máquinas.
Los automóviles emiten impunemente un cóctel de muchas sustancias
asesinas. La intoxicación del aire es espectacularmente visible
en las ciudades latinoamericanas, pero se nota mucho menos en algunas
ciudades del norte del mundo. La diferencia se explica, en gran
medida, por el uso obligatorio de los convertidores catalíticos
y de la nafta sin plomo, que han reducido la contaminación más notoria
de cada vehículo en los países de mayor desarrollo. Sin embargo,
la cantidad tiende a anular la calidad, y estos progresos tecnológicos
van reduciendo su impacto positivo ante la proliferación vertiginosa
del parque automotor, que se reproduce como si estuviera formado
por conejos.
Visibles
o disimuladas, reducidas o no, las emisiones venenosas forman una
larga lista criminal. Por poner tan sólo tres ejemplos, los técnicos
de Greenpeace han denunciado que proviene de los automóviles no
menos de la mitad del total del monóxido de carbono, del óxido de
nitrógeno y de los hidrocarburos que tan eficazmente están contribuyendo
a la demolición del planeta y de la salud humana.
"La
salud no es negociable. Basta de medias tintas", declaró el responsable
de transportes de Florencia, a principios de este año, mientras
anunciaba que ésa será "la primera ciudad europea libre de automóviles".
Pero en casi todo el resto del mundo, se parte de la base de que
es inevitable que el divino motor sea el eje de la vida humana,
en la era urbana.
Copiamos
lo peor
El
ruido de los motores no deja oír las voces que denuncian el artificio
de una civilización que te roba la libertad para después vendértela,
y que te corta las piernas para obligarte a comprar automóviles
y aparatos de gimnasia. Se impone en el mundo, como único modelo
posible de vida, la pesadilla de ciudades donde los autos mandan,
devoran las zonas verdes y se apoderan del espacio humano. Respiramos
el poco aire que ellos nos dejan; y quien no muere atropellado,
sufre gastritis por los embotellamientos.
Las
ciudades latinoamericanas no quieren parecerse a Amsterdam o a Florencia,
sino a Los Angeles, y están consiguiendo convertirse en la horrorosa
caricatura de aquel vértigo. Llevamos cinco siglos de entrenamiento
para copiar en lugar de crear. Ya que estamos condenados a la copianditis,
podríamos elegir nuestros modelos con un poco más de cuidado. Anestesiados
como estamos por la televisión, la publicidad y la cultura de consumo,
nos hemos creído el cuento de la llamada modernización, como si
ese chiste de mal gusto y humor negro fuera el abracadabra de la
felicidad.
III.
Los espejos del Paraíso
La
publicidad habla del automóvil como una bendición al alcance de
todos. ¿Un derecho universal, una conquista democrática? Si fuera
verdad, y todos los seres humanos pudieran convertirse en felices
propietarios de este medio de transporte convertido en talismán,
el planeta sufriría muerte súbita por falta de aire. Y antes, dejaría
de funcionar por falta de energía. Nos queda petróleo para dos generaciones.
Ya hemos quemado en un ratito una gran parte del petróleo que se
había formado a lo largo de millones de años. El mundo produce autos
al ritmo de los latidos del corazón, más de uno por segundo, y ellos
están devorando más de la mitad de todo el petróleo que el mundo
produce.
Por
supuesto, la publicidad miente. Los numeritos dicen que el automóvil
no es un derecho universal, sino un privilegio de pocos. Sólo el
20 por ciento de la humanidad dispone del 80 por ciento de los autos,
aunque el cien por ciento de la humanidad tenga que sufrir las consecuencias.
Como tantos otros símbolos de la sociedad de consumo, éste es un
instrumento que está en manos del norte del mundo y de las minorías
que en el sur reproducen las costumbres del norte y creen, y hacen
creer, que quien no tiene permiso de conducir no tiene permiso de
existir.
El
85 por ciento de la población de la capital de México viaja en el
15 por ciento del total de vehículos. Uno de cada diez habitantes
de Bogotá es dueño de nueve de cada diez automóviles. Aunque la
mayoría de los latinoamericanos no tiene el derecho de comprar un
auto, todos tienen el deber de pagarlo. De cada mil haitianos, sólo
cinco están motorizados, pero Haití dedica un tercio de sus importaciones
a vehículos, repuestos y nafta. Un tercio dedica, también, El Salvador.
Según Ricardo Navarro, especialista en estos temas, el dinero que
Colombia gasta cada año para subsidiar la nafta, alcanzaría para
regalar dos millones y medio de bicicletas a la población.
El
derecho de matar
Un
solo país, Alemania, tiene más automóviles que la suma de todos
los países de América Latina y Africa. Sin embargo, en el sur del
mundo mueren tres de cada cuatro muertos en los accidentes de tráfico
de todo el planeta. Y de los tres que mueren, dos son peatones.
En
eso, al menos, no miente la publicidad, que suele comparar al auto
con un arma: acelerar es como disparar, proporciona el mismo placer
y el mismo poder. La cacería de los caminantes es frecuente en algunas
de las grandes ciudades latinoamericanas, donde la coraza de cuatro
ruedas estimula la tradicional prepotencia de los que mandan y de
los que actúan como si mandaran. Y en estos últimos tiempos, tiempos
de creciente inseguridad, al impune matonismo de siempre se agrega
el pánico a los asaltos y a los secuestros. Cada vez hay más gente
dispuesta a matar a quien se le ponga delante. Las minorías privilegiadas,
condenadas al miedo perpetuo, pisan el acelerador a fondo para aplastar
la realidad o para huir de ella, y la realidad es una cosa muy peligrosa
que ocurre al otro lado de las ventanillas cerradas del automóvil.
El
derecho de invadir
Por
las calles latinoamericanas circula una ínfima parte de los automóviles
del mundo, pero algunas de las ciudades más contaminadas del mundo
están en América Latina.
La
imitación servil de los modelos de vida de los grandes centros dominantes,
produce catástrofes. Las copias multiplican hasta el delirio los
defectos del original. Las estructuras de la injusticia hereditaria
y las contradicciones sociales feroces han generado ciudades que
crecen fuera de todo posible control, gigantescos frankensteins
de la civilización: la importación de la religión del automóvil
y la identificación de la democracia con la sociedad de consumo,
tienen, en esos reinos del sálvese quien pueda, efectos más devastadores
que cualquier bombardeo.
Nunca
tantos han sufrido tanto por tan pocos. El transporte público desastroso
y la ausencia de ciclovías hace obligatorio el uso del automóvil,
pero la inmensa mayoría, que no lo puede comprar, vive acorralada
por el tráfico y ahogada por el esmog. Las aceras se reducen, hay
cada vez más parkings y cada vez menos barrios, cada vez más autos
que se cruzan y cada vez menos personas que se encuentran. Los autobuses
no sólo son escasos: para peor, en muchas ciudades el transporte
público corre por cuenta de unos destartalados cachivaches que echan
mortales humaredas por los caños de escape y multiplican la contaminación
en lugar de aliviarla.
El
derecho de contaminar
Los
automóviles privados están obligados, en las principales ciudades
del norte del mundo, a utilizar combustibles menos venenosos y tecnologías
menos cochinas, pero en el sur la impunidad del dinero es más asesina
que la impunidad de las dictaduras militares. En raros casos, la
ley obliga al uso de nafta sin plomo y de convertidores catalíticos,
que requieren controles estrictos y son de vida limitada: cuando
la ley obliga, se acata pero no se cumple, según quiere la tradición
que viene de los tiempos coloniales.
Algunas
de las mayores ciudades latinoamericanas viven pendientes de la
lluvia y el viento, que no limpian de veneno el aire, pero al menos
se lo llevan a otra parte. La ciudad de México vive en estado de
perpetua emergencia ambiental, provocada en gran medida por los
automóviles, y los consejos del gobierno a la población, ante la
devastación de la plaga motorizada, parecen lecciones prácticas
para enfrentar una invasión de marcianos: evitar los ejercicios,
cerrar herméticamente las casas, no salir, no moverse. Los bebés
nacen con plomo en la sangre y un tercio de los ciudadanos padece
dolores crónicos de cabeza.
-O
usted deja de fumar, o se muere en un año -advirtió el médico a
un amigo mío, habitante de la ciudad de México, que no había fumado
ni un solo cigarrillo en toda su vida.
La
ciudad de San Pablo respira los domingos y se asfixia los días de
semana. Año tras año se va envenenando el aire de Buenos Aires,
al mismo ritmo en que crece el parque automotor, que el año pasado
aumentó en medio millón de vehículos. Santiago de Chile está separada
del cielo por un paraguas de esmog, que en los últimos quince años
ha duplicado su densidad, mientras también se duplicaba, casualmente,
la cantidad de automóviles.
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