| |
La
impunidad del sagrado motor
por Eduardo Galeano.
Del libro "Patas Arriba, la escuela del mundo al revés" Siglo XXI
México 1998.
Los
derechos humanos se humillan al pie de los derechos de las máquinas.
Son cada vez más las ciudades, y sobre todo las ciudades del sur,
donde la gente está prohibida. Impunemente, los automóviles usurpan
el espacio humano, envenenan el aire y, con frecuencia, asesinan
a los intrusos que invaden su territorio conquistado ¿En qué se
distingue la violencia que mate por motor, de la que mate por cuchillo
o bala?
El
Vaticano y sus liturgias
Este
fin de siglo desprecia al transporte público. Cuando el siglo veinte
estaba cumpliendo la mitad de su vida, los europeos utilizaban trenes,
autobuses, metros y tranvías para las tres cuartas partes de sus
ires y venires. Actualmente, el promedio ha caído, en Europa, a
una cuarta parte. Y eso es mucho, si se compara con los Estados
Unidos de América, donde el transporte público, virtualmente exterminado
en la mayoría de las ciudades, sólo cubre el cinco por ciento del
transporte total.
Henry
Ford y Harvey Firestone eran muy buenos amigos, allá por los años
veinte, y ambos se llevaban de lo más bien con la familia Rockefeller.
Este cariño recíproco desembocó en una alianza de influencias, que
mucho tuvo que ver con el desmantelamiento de los ferrocarriles
y la creación de una vasta telaraña de carreteras, luego convertidas
en autopistas, en todo el territorio norteamericano. Con el paso
de los años, se ha hecho cada vez más apabullante, en los Estados
Unidos y en el mundo entero, el poder de los fabricantes de automóviles,
los fabricantes de neumáticos y los industriales del petróleo. De
las sesenta mayores empresas del mundo, la mitad pertenece a esta
santa alianza o funciona para ella.
El
alto cielo del fin de siglo: en los Estados Unidos se concentra
la mayor cantidad de automóviles del mundo y también la mayor cantidad
de armas. Seis, seis, seis: de cada seis dólares que gasta el ciudadano
medio, uno se consagra al automóvil; de cada seis horas de vida,
una se dedica a viajar en auto o a trabajar para pagarlo; y de cada
seis empleos, uno está directa o indirectamente relacionado con
el automóvil, y otro está relacionado con la violencia y sus industrias.
Cuanta más gente asesinan los automóviles y las armas, y cuanta
más naturaleza arrasan, más crece el Producto Nacional Bruto.
¿Talismanes
contra el desamparo o invitaciones al crimen? La venta de autos
es simétrica a la venta de armas, y bien podría decirse que forma
parte de ella: los automóviles son la principal causa de muerte
entre los jóvenes, seguida por las armas de fuego. Los accidentes
de tránsito matan y hieren, cada año, más norteamericanos que todos
los norteamericanos muertos y heridos a lo largo de la guerra de
Vietnam y, en numerosos estados de la Unión, el permiso de conducir
es el único documento necesario para que cualquiera pueda comprar
una metralleta y con ella cocine a balazos a todo el vecindario.
El permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino
que también se exige para pagar con cheques o cobrarlos, para hacer
un trámite o para firmar un contrato. El permiso de conducir hace
las veces de documento de identidad; son los automóviles quienes
otorgan identidad a las personas.
Los
norteamericanos usan una de las gasolinas más baratas del mundo,
gracias a los jeques de lentes negros, los reyes de opereta y otros
aliados de la democracia que se dedican a malvender petróleo, a
violar derechos humanos y a comprar armas norteamericanas. Según
los cálculos del Worldwatch Institute, si se tomaran en cuenta los
daños ecológicos y otros costos escondidos, el precio de la gasolina
tendría que elevarse, por lo menos, al doble. La gasolina es, en
los Estados Unidos, tres veces más barata que en Italia, que ocupa
el segundo lugar entre los piases más motorizados; y cada norteamericano
quema, en promedio, cuatro veces más combustible que un italiano,
lo que ya es decir.
El
Paraíso
Si
nos portamos bien, está prometido, veremos todos las mismas imágenes
y escucharemos los mismos sonidos y vestiremos las mismas ropas
y comeremos las mismas hamburguesas y estaremos solos de la misma
soledad dentro de casas iguales en barrios iguales de ciudades iguales
donde respiraremos la misma basura y serviremos a nuestros automóviles
con la misma devoción y responderemos a las órdenes de las mismas
maquinas en un mundo que será maravilloso para todo lo que no tenga
piernas ni patas ni alas ni raíces.
Esta
sociedad norteamericana, enferma de autismo, genera la cuarta parte
de los gases que más envenenan la atmósfera. Aunque los automóviles
sedientos de gasolina, son en buena parte responsables de ese desastre,
los políticos les garantizan impunidad a cambio de dinero y de votos.
Cada vez que algún loco sugiere aumentar los impuestos a la gasolina,
los big three de Detroit (General Motors, Ford y Chrysler) ponen
el grito en el cielo v desatan campañas millonarias, y de amplio
eco popular, denunciando tan grave amenaza contra las libertades
públicas. Y cuando algún político se siente asaltado por la dude,
las empresas le aplican la terapia infalible contra ese malestar:
como alguna vez comprobó la revista Newsweek, «es tan orgánica la
relación entre el dinero y la política, que intentar cambiarla sería
como pedir a un cirujano que se hiciera a sí mismo una operación
a corazón abierto».
Es
raro el caso del político, demócrata o republicano, capaz de cometer
algún sacrilegio contra el modo de vida nacional fundado en la veneración
de las máquinas y en el derroche de los recursos naturales del planeta.
Impuesto como modelo universal, ese modo de vida, que identifica
el desarrollo humano con el crecimiento económico, realiza milagros
que la publicidad exalta y difunde, y que el mundo entero querría
merecer. En los Estados Unidos, cualquiera puede realizar el sueño
del auto propio, y son muchos los que pueden cambiar de coche con
frecuencia. Y si el dinero no alcanza para el último modelo, esta
crisis de identidad se puede resolver mediante los aerosoles, que
el mercado ofrece para dar olor a nuevo al autosario comprado hace
tres o cuatro años.
Pánico
a la vejez: la vejez, como la muerte, se identifica con el fracaso.
El automóvil, promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que
se puede comprar. Este cuerpo animado come gasolina y aceite en
sus restoranes, dispone de farmacias donde le dan remedios, y de
hospitales don de lo revisan, lo diagnostican y lo curan, y tiene
dormitorios para descansar y cementerios para morir.
Él
promete libertad a las personas, que por algo las autopistas se
llaman freeways, caminos libres, y sin embargo actúa como una jaula
ambulante. El tiempo de trabajo humano aumenta a pesar del progreso
tecnológico, y también aumenta, año tras año, el tiempo necesario
para ir y venir del trabajo, por los atolladeros del tránsito, que
obligan a avanzar a duras penas y trituran los nervios: se vive
dentro del automóvil, y él no te suelta. Drive-by shooting. sin
salir del auto, a toda velocidad, se puede apretar el gatillo y
disparar sin mirar a quién, como a veces ocurre en las noches de
Los Ángeles. Drive-thru teller, drive-in restaurant. sin salir del
auto se puede sacar dinero del banco y cenar hamburguesas. Y sin
salir del auto se puede, también, contraer matrimonio, drive-in
marriage: en Reno, Nevada, el automóvil entra bajo los arcos de
flores de plástico, por una ventanilla asoma el testigo y por la
otra el pastor que, biblia en mano, os declara marido y mujer; y
a la salida una funcionaria, provista de alas y de halo, entrega
la partida de matrimonio y recibe la propina, que se llama love
donation.
La
fuga / 3
Bajo
el asfalto, en las cloacas, tienen su casa las bandas de niños abandonados
de la ciudad argentina de Córdoba. De vez en cuando emergen a las
calles y arrebatan de un manotazo carteras y billeteras. Si la policía
no los atrapa y los muele a golpes, con su botín compran y comparten
pizza y cerveza. Y también compran tubos de pegamento, para inhalar.
La
periodista Marta Platia les preguntó qué sentían cuando se drogaban.
Uno
de los chicos dijo que él hacía remolinos con el dedo y fabricaba
viento: señalaba un árbol con el dedo y el árbol se movía, sacudido
por el viento que él le enviaba.
Otro
contó que el suelo se llenaba de estrellas y él volaba por el cielo
que estaba en todos lados, había cielo arriba y había cielo abajo
y había cielo en los cuatro costados del mundo.
Y otro
dijo que él se sentaba frente a una moto, la moto más cara y aerodinámica
de la ciudad, y así, mirándola, se convertía en el dueño de la moto,
y mirándola y mirándola iba corriendo en ella, a toda velocidad,
mientras la moto crecía y cambiaba de colores.
Derechos
y deberes
Aunque
la mayoría de los latinoamericanos no tiene el derecho de comprar
un auto, todos tienen el deber de pagar ese derecho de pocos. De
cada mil haitianos, apenas cinco están motorizados, pero Haití dedica
un tercio de sus divisas a importar vehículos, repuestos y gasolina.
Un tercio dedica, también, El Salvador, donde el transporte público
es tan desastroso y peligroso que la gente llama ataúdes móviles
a los autobuses. Según Ricardo Navarro, especialista en estos temas,
el dinero que Colombia gasta cada año para subsidiar la gasolina,
alcanzaría para regalar dos millones y medio de bicicletas a la
población.
El
automóvil, cuerpo comprable, se mueve en lugar del cuerpo humano,
que se queda quieto y engorda; y el cuerpo mecánico tiene más derechos
que el de carne y hueso. Como se sabe, los Estados Unidos han emprendido,
en estos últimos años, una guerra santa contra el demonio del tabaco.
En una revista, vi un anuncio de cigarrillos, atravesado por la
obligatoria advertencia de peligro a la salud pública. La franja
decía: El humo del tabaco contiene monóxido de carbono. Pero, en
la misma revista, había varios anuncios de automóviles, y ninguno
advertía que mucho más monóxido de carbono contiene el humo, casi
siempre invisible, de los automóviles. La gente no puede fumar.
Los autos, sí.
Con
las máquinas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses: nacen al
servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo y la soledad,
y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión del automóvil,
con su Vaticano en los Estados Unidos, tiene al mundo de rodillas:
su difusión produce catástrofes, las copias multiplican hasta el
delirio los defectos del original.
Por
las calles latinoamericanas circula una ínfima parte de los automóviles
del mundo, pero algunas de las ciudades más contaminadas del mundo
están en América latina. Las estructuras de la injusticia hereditaria
y las contradicciones sociales feroces han generado, al sur del
mundo, ciudades que crecen más allá de todo posible control, monstruos
desmesurados y violentos: la importación de la fe en el dios de
cuatro ruedas, y la identificación de la democracia con el consumo,
tienen efectos más devastadores que cualquier bombardeo.
Nunca
tantos han sufrido tanto por tan pocos. El transporte publico desastroso
y la ausencia de carriles para bicicletas hacen poco menos que obligatorio
el uso del automóvil privado, pero ¿cuantos pueden darse el lujo?
Los latinoamericanos que no tienen coche propio ni podrán comprarlo
nunca, viven acorralados por el trafico y ahogados por el smog.
Las aceras se reducen o desaparecen, las distancias crecen, hay
cada vez más autos que se cruzan y cada vez menos personas que se
encuentran . Los autobuses no solo son escasos: para peor, en la
mayoría de nuestras ciudades, el transporte público corre por cuenta
de unos destartalados cachivaches, que echan mortales humaredas
por los caños de escape y multiplican la contaminación en lugar
de aliviarla.
En
nombre de la libertad de empresa, la libertad de circulación y la
libertad de consumo, se está haciendo irrespirable el aire del mundo.
El automóvil no es el único culpable de la cotidiana matanza del
aire, pero es el peor enemigo de los seres humanos que han sido
reducidos a la condición de seres urbanos En las ciudades de todo
el planeta, el automóvil genera la mayor parte del cóctel de gases
que enferma los bronquios y los ojos y todo lo demás, y también
genera la mayor parte del ruido y las tensiones que aturden los
oídos y ponen los pelos de punta. Al norte del mundo, los automóviles
están, por regla general, obligados a utilizar combustibles y tecnologías
que, al menos, reducen la intoxicación provocada por cada vehículo,
lo que podría mejorar bastante las cosas si los autos no se reprodujeran
más que las moscas. Pero al sur, es mucho peor En raros casos la
ley obliga al uso de gasolina sin plomo y de convertidores catalíticos,
y en esos raros casos, por regla general, la ley se acata pero no
se cumple, según quiere la tradición que viene de los tiempos coloniales.
Con alevosa impunidad, las feroces descargas de plomo se meten en
la sangre y agreden los pulmones, el hígado, los huesos y el alma.
Algunas
de las mayores ciudades latinoamericanas viven pendientes de la
lluvia y del viento, que limpian el aire o se llevan el veneno a
otra parte. La ciudad de México, la más poblada del mundo, vive
en estado de perpetua emergencia ambiental. Hace cinco siglos, un
canto azteca preguntaba:
¿Quién
podrá sitiar a Tenochtitlán ?
¿Quién
podrá conmover los cimientos del cielo?
Actualmente,
en la ciudad que se llamó Tenochtitlán, sitiada por la contaminación,
los bebés nacen con plomo en la sangre y uno de cada tres ciudadanos
padece frecuentes dolores de cabeza. Los consejos del gobierno a
la población, ante las devastaciones de la plaga motorizada, parecen
lecciones prácticas para enfrentar una invasión de marcianos. En
1995, la Comisión Metropolitana para la Prevención y el Control
de la Contaminación Ambiental recomendó a los habitantes de la capital
mexicana que, en los llamados «días de contingencia ambiental»,
permanezcan el menor tiempo posible al aire libre, mantengan cerradas
las puertas, ventanas y ventilas y no practiquen ejercicios entre
las 10 y las 16 horas.
En
esos días, cada vez más frecuentes, más de medio millón de personas
requieren algún tipo de atención médica, por las dificultades para
respirar, en la que otrora fuera «la región más transparente del
aire». A fines del 96, quince campesinos del estado de Guerrero
marcharon en manifestación a la ciudad de México, para denunciar
injusticias: fueron a parar, todos, al hospital público.
Lejos
de allí, en otro día de ese año 96, llovió a mares sobre la ciudad
de San Pablo. El tránsito se enloqueció a tal punto que produjo
el más largo embotellamiento de la historia nacional . El alcalde,
Paulo Maluf, lo celebró:
-Los
embotellamientos son señales de progreso.
Mil
autos nuevos aparecen cada día en las calles de San Pablo. Pero
San Pablo respire los domingos y se asfixia el resto de la semana;
sólo los domingos se puede ver, desde las afueras, a la ciudad habitualmente
enmascarada por una nube de gases.
Es
un chiste / 1
En
alguna gran avenida de alguna gran ciudad latinoamericana, alguien
espera para cruzar. Plantado al borde de la acera, ante la ráfaga
incesante de automóviles, el peatón espera diez minutos, veinte
minutos, una hora. Entonces vuelve la cabeza y ve que hay un hombre
recostado en la pared, fumando. Y le pregunta: -Oiga ¿ Cómo hago
para pasar al otro lado? -No sé Yo nací en éste.
También
el alcalde de Río de Janeiro, Luiz Paulo Conde, elogió los tapones
del tránsito: gracias a esta bendición de la civilización urbana,
los automovilistas pueden disfrutar hablando por el teléfono celular,
pueden contemplar la televisión portátil y pueden alegrar sus oídos
con los casetes o los discos compact.
-En
el futuro -anunció el alcalde- una ciudad sin embotellamientos resultará
aburrida.
Mientras
la autoridad carioca formulaba esta profecía, ocurrió una catástrofe
ecológica en Santiago de Chile. Se suspendieron las clases, y una
multitud de niños desbordó los servicios de emergencia médica. En
Santiago de Chile, han denunciado los ecologistas, cada niño que
nace aspire el equivalente de siete cigarrillos diarios, y uno de
cada cuatro niños sufre alguna forma de bronquitis. La ciudad está
separada del cielo por un paraguas de contaminación, que en los
últimos quince años ha duplicado su densidad mientras se duplicaba,
también, la cantidad de automóviles.
No
es un chiste / 1
1996,
Managua, barrio Las Colinas: noche de fiesta. El cardenal Obando,
el embajador de los Estados Unidos, algunos ministros de gobierno
y el novamás de la sociedad local asisten a la ceremonia de la inauguración.
Se alzan copes brindando por la prosperidad de Nicaragua. Suena
la música, suenan los discursos. -Así se crean fuentes de trabajo,
así se edifica el progreso -declare el embajador. -Me parece que
estamos en Miami-se derrite el cardenal Obando. Sonriendo ante las
cámaras de televisión, su eminencia corta la cinta roja. Queda inaugurada
una nueva gasolinera de Texaco. La empresa anuncia que instalará
otras estaciones de servicio en los próximos tiempos.
Año
tras año se van envenenando los aires de la ciudad llamada Buenos
Aires, al mismo ritmo en que va creciendo el parque automotor, que
aumenta en medio millón de vehículos por año. En 1996, eran ya dieciséis
los barrios de Buenos Aires con niveles de ruido muy peligrosos,
barullos perpetuos de esos que según la Organización Mundial de
la Salud, «pueden producir danos irreversibles a la salud humana».
Charles Chaplin gustaba decir que el silencio es el oro de los pobres.
Han pasado los años, y el silencio es cada vez más el privilegio
de los pocos que pueden pagarlo.
La
sociedad de consumo nos impone su simbología del poder y su mitología
del ascenso social. La publicidad invite a entrar en la clase dominante,
por obra y gracia de la mágica llavecita que enciende el motor del
automóvil : ~ Impóngase.', manda la voz que dicta las órdenes del
mercado, y también: ~ Usted manda./, y también: ~ Demuestre su personalidad.'
Y si pone usted un tigre en su tanque, según los carteles que recuerdo
desde mi infancia, será usted más veloz y poderoso que nadie y aplastará
a cualquiera que obstruya su camino hacia el éxito. El lenguaje
fabrica la realidad ilusoria que la publicidad necesita inventar
para vender. Pero la realidad real no tiene mucho que ver con estas
hechicerías comerciales.
Cada
dos niños que nacen en el mundo, nace un auto. Cada vez nacen más
autos, en proporción a los niños que nacen. Cada niño nace queriendo
tener un auto, dos autos, mil autos. ¿Cuántos adultos pueden realizar
sus fantasías infantiles? Los numeritos dicen que el automóvil no
es un derecho, sino un privilegio. Sólo el veinte por ciento de
la humanidad dispone del ochenta por ciento de los autos, aunque
el ciento por ciento de la humanidad tenga que sufrir el envenenamiento
del aire. Como tantos otros símbolos de la sociedad de consumo,
el automóvil está en manos d,; una minoría, que convierte sus costumbres
en verdades universales y nos obliga a creer que el motor es la
única prolongación posible del cuerpo humano.
La
cantidad de automóviles crece y crece en las babilonias latinoamericanas,
pero esa cantidad sigue siendo poca en relación con los centros
de la prosperidad mundial. Los Estados Unidos y Canadá tenían, en
1995, más vehículos motorizados que la suma de todo el resto del
mundo, exceptuando Europa. Alemania tenia, ese año, tantos autos,
camiones, camionetas, casas rodantes y motocicletas como la suma
de todos los piases de América latina y África. Sin embargo, en
las ciudades del sur del mundo, mueren tres de cada cuatro muertos
por automóviles en todo el planeta. Y de los tres que mueren, dos
son peatones. Brasil tiene tres veces menos autos que Alemania,
pero tiene también tres veces más víctimas. Cada año ocurren, en
Colombia, seis mil homicidios llamados accidentes de tránsito.
Los
anuncios suelen promover los nuevos modelos de a automóviles como
si fueran armas. En eso, al menos, no miente la publicidad: acelerar
a fondo es como disparar un arma, proporciona el mismo placer y
el mismo poder. Los autos matan en el mundo, cada año, tanta gente
como mataron, sumadas, las bombas de Hiroshima y Nagasaki: en 1990,
causaron muchas más muertes o incapacidades físicas que las guerras
o el SIDA. Según las proyecciones de la Organización Mundial de
la Salud, en el año 2020 los automóviles ocuparán el tercer lugar,
como factores de muerte o incapacidad; las guerras serán la octava
causa y el SIDA la décima.
La
cacería de los caminantes integra las rutinas de la vida cotidiana
en las gran des ciudades latinoamericanas , donde la coraza de cuatro
ruedas estimula la tradicional prepotencia de los que mandan y de
los que actúan como si mandaran. El permiso e conducir equivale
al permiso de porte de armas, y da licencia para matar. Hay cada
vez más energúmenos dispuestos a aplastar a quien se les ponga delante.
En estos últimos tiempos, tiempos de histeria de la inseguridad,
al impune matonismo de siempre, se agrega el pánico a los asaltos
y a los secuestros. Resulta cada vez más peligroso, y cada vez menos
frecuente, detener el automóvil ante la luz role del semáforo: en
algunas ciudades, la luz roía dicta orden de aceleración. Las minorías
privilegiadas. condenadas al miedo perpetuo, pisan el acelerador
para huir de la realidad, y la realidad es esa cosa muy peligrosa
que acecha al otro lado de las ventanillas cerradas del automóvil.
En
1992, hubo un plebiscito en Amsterdam. Los habitantes resolvieron
reducir a la mitad el área, ya muy limitada, por donde circular
los automóviles, en esa ciudad holandesa que es el reino de los
ciclistas y de los peatones. Tres años después, la ciudad italiana
de Florencia se rebeló contra la autocracia, la dictadura de los
autos, y prohibió el tránsito de autos privados en todo el centro.
El alcalde anunció que la prohibición se extenderá a la ciudad entera
a medida que se vayan multiplicando los tranvías, las líneas de
metro, Ios autobuses y las vías peatonales. Y también las bicicletas:
según los planes oficiales, se podrá atravesar toda la ciudad, sin
riesgos, por cualquier parte, pedaleando a lo largo de las ciclovías,
en un medio de transporte que es barato y no gasta nada, ocupa poco
lugar, no envenena el aire y no mate a nadie, y que fue inventado,
trace cinco siglos, por un vecino de Florencia llamado Leonardo
da Vinci.
Modernización,
motorización: el estrépito de los motores no deja oír las voces
que denuncian el artificio de una civilización que te robe la libertad
para después vendértela, y que te corta las piernas para después
obligarte a comprar automóviles y aparatos de gimnasia. Se impone
en el mundo, como único modelo posible de vida, la pesadilla de
ciudades donde los autos gobiernan. Las ciudades latinoamericanas
sueñan con parecerse a Los Angeles, con sus ocho millones de automóviles
dando órdenes a la gente. Aspiramos a ser la copia grotesca de ese
vértigo. Llevamos cinco siglos de entrenamiento para copiar en lugar
de crear. Ya que estamos condenados a la copianditis, quizá podríamos
elegir nuestros modelos con un poco más de cuidado.
Fuentes consultadas
- American
Automobile Manufacturers Asociation, «World motor vehicle data»,
Detroit, 1995.
- Barret,
Richard e Ismail Serageldin, «Enviromentally sustainable urban
transport. Defining a global policy». Washington, World Bank,
1993.
- Business
Week, «The global 1,000», 13 de julio de 1992.
- Cevallos,
Diego. «El reino del auto». en Tierramérica, México, junio de
1996.
- Faiz, Asif,
y otros, «Automotive air pollution: Issues and options for developing
countries" Washington, World Bank, 1990.
- Fortune
«Global 500: The world´s largest corporations», 7 de agosto de
1995 y 29 de abril de 1996.
- Greenpeace
International, «El impacto del automóvil sobre el medio ambiente».
Santiago de Chile, 1992.
- Guinsberg,
Enrique, «El auto nuestro de cada día». En Transición, México,
febrero de 1996
- International
Road Federation, «World road statistics». Ginebra, 1994.
- Marshall,
Stuart, «Gunship or racing car». En Financial Times, 10 de noviembre
de 1990. Navarro, Ricardo. con Urs Heirli y Victor Beck, «La bicicleta
y los triciclos». Santiago de Chile. SKAT/CLTAL, 1985.
- Organización
Mundial de la Salud / World Health Organization), «World Health
Report». Ginebra, 1996.
- Organización
Mundial de la Salud / Programa de Meclio Ambiente de las Naciones
Unidas (WHOUNEP), «Urban air polution in megacities of the world»,
Cambridge Blackwell, 1992.
- «City air
quality trends », Nairobi, 1995.
- Wolf, Winfried.«Car
mania A critical history of transport»~. Londres, Pluto, 1996
Volver
a Literalia
|