| |
Memorias
de una bicicleta
por Cristina González
A
todos aquellos que aprendieron de la vida en la lentitud de un pedal
AHORA que ya casi no me queda tiempo, ahora que aún conservo
un soplo de vida, - de esa vida que tuve antaño-, antes de ser pieza
de museo o simple materia de chatarra, quisiera dejar aquí retazos
de existencia que mi olvidadiza memoria alcance. No ha sido la mía
una existencia singular ¡oh no!, soy tan corriente como la vida
misma. ¿Qué afán es este entonces -diréis- de contar mis memorias?.
No sé, quizá por llenar el vacío de este rincón donde parecen haberme
olvidado , quizá para que alguien recuerde que una vez fui joven,
hermosa, envidiada por la elegancia de mi porte, sencilla y única
en el trato, fiel amiga de mis dueños, solidaria en el esfuerzo,
siempre dispuesta.
NO
recuerdo mi edad pero me veo nueva, recién adquirida, diría yo;
una niña de largas trenzas azabache me conduce, le quedo grande
y aun así me mueve con firmeza, segura de mí como si me hubiera
soñado largas horas en su alcoba estudiando cada movimiento. No
hay coches a mi alrededor, la tierra mece mis ruedas, los radios
se deslizan silenciosos, ¡qué bien sienta este frescor de la tierra
en la mañana!, ese olor que penetra por mi cámara, que sube y sube
y me impregna haciéndome que me deslice a mis anchas por este sendero
virgen de ruidos enemigos, ¡soy feliz, recién estrenada inocencia!
La hierba me hace cosquillas cuando la niña me deja allí echada
mientras ella corre sin parar. No sé qué busca esta niña, mis ojos
no llegan a alcanzarla en esta posición. La hierba me gusta, entonces
no tenía esta pata de cabra que ahora me mantiene erguida y vigilante,
altiva y cansada; entonces, pasaba mucho tiempo echada escuchando
el latido de la tierra, soy camino predilecto de hormigas juguetonas
que investigan curiosas mi frío esqueleto.

CASI
estoy perdiendo la memoria, no consigo recordar qué fue de la niña,
qué fue de mí en aquellos años, qué fue de la nostalgia de la tierra
y de la hierba, qué de esa primera inocencia.
ME
veo muchos años después... un mozalbete rubio se desliza por mi
cintura, me saca a dar largos paseos cerca del mar, siempre el mismo
recorrido,
¡Qué curioso!, lleva una cartera colgada al hombro, debe pesarle
bastante porque a veces me la deja en una especie de asiento o portaequipajes
que ha mandado hacer expresamente para eso; me sienta muy bien esta
ampliación...¿cómo diría?...sí, me siento renovada ¡ya era hora!,
también me ha puesto un timbre que toco juguetona cuando no me observa,
es muy eficaz , tiene el extraño poder de hacer que se aparten los
obstáculos y yo paso así tranquila y derecha.
Es un tipo curioso, recoge todos los días un montón de sobres blancos
con garabatos y luego los va dejando por las casas casi sin parar,
como lanzados al viento; yo lo observo con misterio, siento que
le soy útil y eso me llena de orgullo, sin mí ¿qué haría?, porque
son kilómetros y kilómetros los que recorremos ¡y con ese peso...!
luego, cuando la cartera se vacía y yo me siento más liviana, suele
sentarse en la arena a contemplar el mar, me echa a su lado deslizando
una mano suave bajo mi manillar hasta tumbarme y allí la deja en
silencio, como olvidada, mientras sus ojos se pierden por extraños
vericuetos que no llego a alcanzar; a veces me acaricia como si
yo fuera la imagen de su nostalgia.
Quizá sueña con esa mujer de pelo corto y oscuro que algunas tardes
le acompaña , entonces me lleva por caminos no conocidos; no se
sienta sobre mí, camina a mi lado despacio, cada uno me coge un
manillar y charlan, ellos no saben que yo guardo en mis entrañas
arcanos secretos de amores y me hago la despistada, para no herirlos,
para no apresurar el tiempo en el que ya intuyo que han de separarse;
él es un mozalbete rubio con unos ojos acomodados a esa mar donde
cada día reposamos, ella, una mujer de pelo corto y ojos de mundo
con un mirar que quiere beber otros océanos, pero aún no lo sabe
por eso escucha risueña las charlas del muchacho. Yo,.. yo que ya
soy algo mayor y voy aprendiendo de la vida, me hago la tonta y
callo alegre entre la incertidumbre. ¡Soy verdaderamente útil!,
me digo, y me siento el objeto más valioso del Universo.
¡CUÁNTO tiempo de eso! ¡Extraña felicidad la de entonces!
Han pasado los años como vuelo de pájaro.
AHORA
son malos tiempos para mí, llevo un largo candado sobre mi columna,
pesado como cadena de preso, cada vez que me paro largo rato me
atan a algo rígido, ese contacto me intimida y me anula, sólo el
árbol me da aún algo de calor y me acompaña.
Me dejan olvidada allí durante horas, los niños se me acercan y
me tocan, algunos me dan una patada, ¡los muy canallas!, ¡si supieran
lo que duele!; hasta un día me robaron mi asiento de cuero que tan
bien me sentaba.
No me siento segura aquí, hay mucho ruido a mi alrededor, risas,
voces, sonidos estridentes, todo se mueve mientras yo observo el
frenesí de esta vida y siento que estoy ya pasada de moda. Soy un
juguete poco útil, ya no me necesitan para moverse, ¡poco veloz
en la diversión, dicen los muy cretinos!; prefieren ese trasto horroroso
con dos ruedas y motor que hace mucho ruido o ese otro no menos
horroroso con cuatro ruedas que se mueve a sus anchas sin dejarme
espacio, sin verme siquiera, sin siquiera molestarse en mirar por
si yo estoy pasando risueña y desprevenida, con todo mi orgullo.
¡Sí, son malos tiempos! Pero no me quejo, algunos aún me quieren
a mí, luchan por mí, por que yo pueda ocupar mi espacio, por que
vuelva a sentirme útil y no sólo un complemento más de diversión
como un patín o una pelota para las mañanas soleadas del domingo.
Les estoy agradecida aunque yo ya no estoy para este ritmo, soy
lenta, no llevo dieciocho cambios como mis compañeras de ahora;
me parieron con tres y así me quedé y no lo lamento, hice robustas
las piernas de los que confiaron en mí, las contorneé dándoles vigor
y belleza.
YA
apenas me queda tiempo, siento que todo desfallece, es este reúma,
reminiscencia de otros tiempos duros. Mis ojos tienen ya una imagen
más cercana, próxima a estos años.
Me conduce una chica alta y delgada, no tiene mucho equilibrio,
se diría que no aprendió de pequeña, le falta manejo y soltura,
me mareo un poco con sus subidas y bajadas, sus inclinaciones, pero
aun así le tengo aprecio porque no me deja olvidada en una habitación
sin luz, o a la intemperie en un balcón oscuro; le gusta ponerme
en medio del salón, contemplarme a la luz del atardecer, me deja
un gran espacio entre sus libros a la vista de todas las miradas.
Le parecí hermosa y elegante y me prefirió a esas otras modernas
de tantos cambios; bien es verdad que le costaba cuando el camino
era serpenteante y arduo, pero eso aún no le importaba hasta que...
hasta que unos amigos le propusieron un viaje por la sierra.
AQUELLOS
días ella me miraba con tristeza, con cierta vergüenza, me contemplaba
extasiada y ensimismada, pasaba sus manos por todos mis contornos
y entonces los supe.
El dolor penetró en mí como un aguijón venenoso, no sabía qué hacer,
me abandoné a mi suerte desvencijada e inútil, mi cadena perdió
elasticidad y se atropellaba, mis ruedas perdían aire sin cesar,
los manillares se torcieron ajenos ya a toda demanda. Ella también
supo de mi angustia, de mi desesperanza.
Una mañana, al despertar, vi a mi lado a un ejemplar magnífico,
curiosamente estaba apoyada en mí, ¡ella, tan joven!; vestía un
bonito color morado, grande y con muchos cambios; durante meses
convivimos ambas en el mismo espacio mirándonos con disimulada desconfianza.
La chica alta y delgada no quiso venderme, me dejó en buenas manos,
manos acostumbradas al tacto de las bicis y la grasa de sus cadenas.
Cuando se marchó del pueblo, sólo se llevó la nueva, no tenía espacio
para mí en su nuevo hogar. Sé que ella confía en tener un gran espacio
y recuperarme.
PERO yo ya soy vieja, las fuerzas se escapan y ya no confío
¡Qué importa! Cumplí mi parte, puedo estar así años hasta que el
óxido me descomponga, quizá pronto acabe en la chatarra o en un
museo de viejos especímenes. Tengo suerte, puedo recordar retazos
de mi vida y sobrevivir en estas líneas de nostalgia y quizá yo,
esta humilde bicicleta, parida en la vulgaridad de una vida cotidiana
y anónima, me haga así inmortal y eterna, por siempre amada.
Volver
a Literalia
|